Lo ya visible es
que se desvanece
el primer día aquel,
aquella primera vez...
Y se muestra
tan solo
la última vez que
la última tal vez...
Y así de simple es
que todo acaba
sin más nada
sin nada mas
sin más que dar...
Y cuando inminente sea ya
la última vez que...
tal vez sea esa, la vez,
que vea por primera vez
lo importante que era que...
lo banal que era que...
lo en vano que era que...
lo fácil que era que...
martes 8 de marzo de 2011
sábado 25 de diciembre de 2010
Capítulo II
Capítulo II
Sarco, un niño como tantos...
v _Azor viejo amigo; a pesar de los años que nos conocemos, no se nada de tu juventud. Nunca hemos hablado tu pasado o sobre tu tu infancia, tus padres, y jamás hemos hablado de quién era Azor antes que entrara por la puerta de la Alcaldía, el día que nos vimos por primera vez. ¿Recuerdas? A pesar de todos estos años, recién hoy me doy cuenta que nunca hemos hablamos sobre tu pasado.
v _ Me sucede los mismo querido Aztitúz, tanto con tu pasado, como también con el mío.
v _ ¡Vamos amigo! - Exclamó Aztitúz – ¿No me dirás ahora que padeces de amnesia?
v _ ¡Noo! Por supuesto que no padezco de amnesia. -Respondió Azor entre sonrisas.- Es simplemente una disociación de tiempos. Cuando uno vive de manera que aprende de cada paso que se da en la vida, el pasado se transforma en un presente activo. Se convive a diario con él, y esto hace que deje de considerarse como pasado. Hay por el contrario, quienes conviven solo con el acontecimiento en sí mismo. Hablan de aquello que les ocurrió, del cómo les afectó, y lo redactan con una exactitud de detalles tan extrema, a manera de crónica, pero que denota el que no genera en ellos nada nuevo. Digamos, que no los modifica como “seres ejecutivos”, siguen manteniendo las mismas estructuras de su ser; únicamente les aporta una pena, perdida o satisfacción más, para el anecdotario de sus vidas. Lo primario para estos, es el sentido de posesión y ellos mismos. Es únicamente una cuestión de pérdidas o ganancias. El hecho en sí, queda en el pasado, no trasciende porque no es una enseñanza, es nada más que tener o haber dejado de tener historias que a quienes las transmiten, buscan generar sentimientos varios; de grandeza, lástima… Una forma de rellenar una existencia vacía de valor interior.
Por el contrario, si uno aprende de aquello que le ocurre, ese aprendizaje lo acompañará toda la vida. Y uno convive con el cambio que genera ese aprendizaje. En este caso, prima el sentido de trascendencia del ser. Nada se posee o se pierde en sí mismo, puesto que los hechos son como vehículos que transportan aprendizajes. Este último, pasa a ser el resultado de lo que aprende, y como ser, actúa de forma activa, cambiante; ya que está en constante crecimiento. El primero, es aquello que posee y entre esas posesiones, se encuentran las cosas que le ocurrieron. Es un ser estático, permanente, podríamos decir; ya que no crece, únicamente acumula. Se aferrará a lo que posee porque esto le asegura mantener el volumen de lo acumulado. El segundo individuo, por el contrario, no se aferra a nada puesto que busca el aprendizaje. Sabe que con cada acontecimiento, aprende; por lo tanto, busca el acontecer permanente. No siente poseer nada más que aquello que incrementa su ser. Por todo esto, hay quienes deben contar su historia para mostrar lo que son y hay quienes simplemente muestran lo que son, que no es más que su historia.
El pueblo de Acacerca, aparece como una mullida alfombra siena que descansa sobre un hermoso valle, enclavado sobre las faldas de la cordillera de Montealto que lo abrazaba por el poniente. Por el Este lo rodea un frondoso bosque de Abetos, Pinos y Fresnos; con ejemplares que superan los doscientos años de antigüedad. Al Norte, corre el río Frío, cuyas nacientes se encuentran en el pico del Loalto, que con sus tres mil ochocientos metros de altura es el pico más alto de la región. Con sus nieves eternas coronando sus cumbres, aparece como un vigía siempre alerta con su mirada puesta sobre los techos de Acacerca. De allí provienen las aguas del río Frío. Cristalinas, pobladas de truchas y otras tantas especies de peces, con la temperatura propia del río de deshielo que dan origen a su nombre.
Las callejuelas de piedra suben y bajan cual serpientes por las crestas de las colinas. La edificación más alta, es la Alcaldía. Sus tres pisos gobiernan la ciudad desde la parte más alta, sobre la falda misma del Loalto. Para construirla tuvieron que cavar en la montaña para nivelarla, como quien quiere cortar una porción de torta. Por ello, a través del jardín que da a los fondos del edificio se puede trepar fácilmente hasta un peñasco de granito que sobresale cual si fuera una nariz, por encima de la altura del techo de la construcción. A ese peñasco acostumbran ir Azor y Aztitúz, sobre todo en las cálidas noches de verano como la de hoy.
Una brisa casi imperceptible trae de regalo algo del frío del Loalto, para esta calurosa noche de verano. Los grillos dan sonido a un crepúsculo, que de tan apacible, pareciera ser mudo. Se puede escuchar el agua del río Frío caer por la ladera del Loalto, tal como si les pasara por debajo del cuerpo y hasta tal vez, sentir la frescura de sus aguas.
El pueblo yace dormido en un sueño obligado por el calor, que hace tedioso cada movimiento hasta espesar las sábanas. La labor en los campos había sido más dura que nunca por las altas temperaturas, y eso el cuerpo lo sentía.
Algunas ventanas permanecen aún iluminadas; la del hotel viejo, en donde la recepción oficia de sala de cuentistas que evaden sus insomnios con un mar de anécdotas fantásticas. También la del bar de la plaza en donde quedan los amigos de toda la vida hasta última hora, a la espera del reparto de las sobras del día, a modo de bufete familiar. Las ventanas restantes, acusan el cansancio del día.
Los dos amigos yacen recostados sobre la piedra hipnotizados por un cielo que minado de estrellas que parecieran multiplicarse a cada minuto, cobijan a una Luna en cuarto creciente, que suavemente se balancea sobre las siluetas de las copas de los árboles, los que aparentan sostenerla entre sus brazos. Las estrellas fugaces dan ese toque de sorpresa al espectáculo, haciendo que el primero que logra detectar una, golpeé al otro en el hombro a la vez que le dice: ¡Mira, mira. ¡Allá, allá!
Sobre sus cabezas el pico del Loalto resplandece fluorescente ante el brillo de la Luna que lo enfrenta. No hay aliento posible que destile palabras ante tanta inmensidad. El aire se hace poco, la belleza de esta noche es tan plena que ridiculiza cualquier intento de manifestar ese éxtasis que agobia el alma.
v _¿Que importancia puede haber, en el pasado de alguien en quien se confía o a quien se ama? ¿Qué más da, lo ocurrido? El hecho en sí mismo no hace a quien se tiene al lado. Es el individuo aquel que da trascendencia al hecho ocurrido. Todos creemos que el saber lo que le ocurrió a una persona, nos hace conocerla mejor. Sin embargo tal vez, no sabemos como se conformó esa persona a razón del hecho. Tendemos por deformación, a ignorar la individualidad del ser.
v _¡No entiendo a que te refieres Azor!
v _Se vive procurando saber lo que hizo tal o cual persona, partiendo de la premisa que conociendo su historia, sabremos lo que es. Creemos que todos reaccionan de igual forma que lo hacemos nosotros. Todos saben lo que hizo cada cual, pero nadie conoce a nadie.
v _ Y así ocurre con los niños. - Aztitúz, pensaba en el comienzo de clases que iniciaba el próximo lunes. _Pensamos que los estamos ayudando a crecer protegiéndolos, sobre la base de nuestras propias experiencias. Damos por hecho que nuestras decisiones son las más adecuadas para ellos, generalmente sin escucharlos, menospreciando su capacidad de resolver sus propios problemas. Y lo que es peor aún, sin darnos cuenta que en realidad, lo que hacemos es convertirlos en herederos de nuestros propios miedos y errores.
v _Conocí un día a un niño, en el pueblo de Allalejos, sobre el cual suponíamos, que era castigado duramente por el padre. Digo suponíamos, puesto que en realidad nadie había constatado alguna agresión. Simplemente los síntomas que presentaba el chico en su relación con los adultos, se correspondían con patrones de comportamiento que presenta un niño golpeado.
v _ ¡Que acto repudiable! – Dijo Aztitúz espontáneamente.
v _ Es cierto. Es una de las actitudes humanas más repudiables con la que uno se pueda enfrentar. El niño es un individuo indefenso, y más aún lo es ante sus padres; quienes lo someten haciendo uso de una imagen de autoridad de la que el niño espera y sólo supone que recibirá, amor y contención.
v _Si, está claro. Pero pegarle a un niño ha de ser el acto más cobarde y miserable que pueda llevar a cabo un ser humano.
v _ Estoy de acuerdo contigo Aztitúz, pero en este caso, el niño, no era víctima de agresión física. El padre había soñado toda su vida con llegar a ser un ebanista, como lo fue su abuelo. Su padre había fallecido cuando él era muy pequeño, por lo tanto su referente era el abuelo. Trabajó junto con el viejo hasta que cumplió los treinta años. Ese trágico día, estando en el bar de la plaza junto a unos amigos, se resbaló con una botella en la mano cortándose los tendones de su diestra. A partir de entonces su vida se transformó en una completa frustración. Al no poder utilizar su mano derecha no pudo seguir trabajando como ebanista. Debió conformarse con ser carpintero, realizando trabajos muy elementales. Todos entendemos que ser carpintero es tan loable como el ser ebanista. Sin embargo para él, la carpintería había sido un vehículo para perfeccionar su oficio de ebanista. Todo el mundo lo ayudaba y le llevaban trabajos para hacer, lo que le permitió mantener a su familia. Pero nunca se pudo conformar con verse obligado a dejar la ebanistería. Esa frustración la irradiaba por doquier y sobre todo en Sarco, su hijo de nueve años. Jamás llegó a golpearlo, pero cada vez que el niño cometía algún error lo llenaba de adjetivos como estúpido, idiota, imbécil y frecuentemente, inútil.
v _Bueno, eso es otra forma de agresión. – Dijo Aztitúz.
v _Claro que lo es, y muchas veces más lesiva que un golpe. El niño se siente identificado con el adulto que lo acompaña, busca siempre la aprobación de éste como una forma de confirmar sus aciertos. Si el adulto lo rotula de imbécil, lo más probable es que se sienta o se crea un imbécil; generando daños irreparables en su propia autoestima, lo que perjudicará su desarrollo como individuo en su futuro inmediato.
v _Es frecuente Azor, que los adultos depositen en los niños sus miedos y sus frustraciones. Generalmente sin una mala intención. Y muchas de esas veces, sin conciencia del mal que están haciendo al chico. Sin embargo esta “ignorancia” de las consecuencias de sus acciones, no minimiza la gravedad de la agresión y menos aún, sus consecuencias. Dependerá de la capacidad de diferenciar las cosas que tenga el niño al alcanzar su edad adulta, lo que le permitirá comprender esa relación.
v _Y en este caso, el padre no era consciente de la situación. En realidad, los adjetivos que le aplicaba a Sarco, eran los mismos que acostumbraba recibir por parte de su abuelo. Para él esto era normal, había sido parte de su formación. Sin embargo estaba claro que no había aprendido de ello, repitiendo esa relación con su hijo.
v _ ¿Tiene algo que ver esta historia de Sarco, con mi inquietud por saber tu propia historia?
v _ En cierta manera sí. - Contestó Azor.- Tiene que ver con el aprendizaje. La historia de Sarco me llegó por medio de su maestra, cuando éste comenzó a asistir a la escuela. Le llamó la atención porque era un niño muy callado y tímido, pero solamente cuando debía relacionarse con algún adulto. No así con los otros niños de la clase, con los que compartía todas las actividades con normalidad. En su rendimiento y aprendizaje, se podía decir que era uno de los mejores. Si hubiese contado con la atención y el apoyo de su padre, tal vez hubiese llegado a ser el mejor de la clase. Una mañana de invierno, cuando la maestra se encontraba escribiendo en el pizarrón, comenzaron a gritar todos los niños despavoridos. Unos se subían a los bancos y otros, directamente salieron corriendo por la puerta del aula. La maestra sin entender lo que ocurría, intentó calmar a los chiquilines a la vez que buscaba entender que era lo que estaba pasando. En ese momento una de las chicas gritó “ ¡Un ratón señorita, un ratón! ¡Sarco trajo un ratón a la escuela!”. La maestra miró al suelo y vio al ratón que venía corriendo directamente hacia ella. De un solo salto se trepó a su escritorio, y se unió inmediatamente al concierto de gritos de los chicos.
v _ Azor, esas son típicas travesuras de niños. Cuantas de esas han hecho todos alguna vez en la escuela.
v _Ciertamente. Pero en este caso en particular había una razón específica, que salió a la luz un tiempo después de lo ocurrido.
Azor, siguió contando lo que sucedió en la escuela:
v _El alboroto fue escuchado por Trevor, que era el jardinero y cuidador de la escuela. Entró corriendo en el salón y cuando vio al ratón, simplemente lo aplastó con su bota. Sarco fue llevado a la dirección, en donde le aplicaron una suspensión por dos días y llamaron al padre para que viniera a buscarlo. Cuando el padre llegó, la directora y la maestra le contaron lo ocurrido para que entendiera el motivo de la suspensión y al salir de la oficina de la directora, el padre tomó a Sarco de un hombro y dirigiéndolo hacia la puerta de salida le dijo: “ ¡Mira que eres imbécil! Cuantas veces te tengo que decir que no andes con esos ratones de porquería. Pero claro, si eres un estúpido. ¡Vamos para casa!”
La maestra y la directora se miraron, y sin mediar palabras, comenzaron a prestar atención a Sarco, sabiendo que no era esa la manera que un padre debía dirigirse a su hijo.
Cuando regresó Sarco de su suspensión, no era el mismo niño que conocieron. Su timidez se había trasladado también para con sus compañeros y su rendimiento, dejaba mucho que desear. La maestr, conociendo al niño, estaba muy preocupada por su actitud y no lograba comprender que le ocurría.
Así fue que el día de fin de cursos, la maestra me contó la historia de Sarco durante el transcurso de ese año escolar. Me preocupó la situación del chico y le pedí que me lo presentara, pensando que tal vez, podría ayudarlo de alguna manera.
v _ Hay ocasiones en que los niños no aceptan una reprimenda. O se sienten muy avergonzados por el lío que ocasionaron. Les cuesta aceptar el error y esa actitud, los aísla por un tiempo de su entorno hasta que reconocen o bien, aceptan su culpabilidad, y regresan a su actividad normal.
Ahora que, eso de llevar un ratón a la escuela, como broma, es bastante pesada. Tal vez pudo ocurrir que el padre, lo agrediera tan severamente por lo ocurrido que lo anulara por completo.
v _Yo te pregunto, Aztitúz: ¿Porqué supones que el episodio del ratón, fue un intento de hacer una broma?
v _ Y bueno... ¿Para qué otra cosa se puede llevar un ratón a un salón de clases?
v _ ¿Te das cuenta? Es de lo que te hablaba al principio. Te olvidas del niño individuo. Únicamente te preocupa saber lo que ocurrió y luego, simplemente lo interpretas basándote en tus propias experiencias. El niño no ha de ser juzgado a priori; ha de ser primero, comprendido. Para comprenderlo debemos recordar cuando éramos niños, y de esa forma comunicarnos con él. Otorgarle los derechos de hablar, de expresarse. Si para algo absorbemos conocimiento es para poder ponernos a la altura del niño cuando este nos necesita. Hablar con él en su propio idioma y no hacer un alarde de nuestra autoridad o un despliegue de nuestros absurdos principios, dejando al niño en un estado de incomprensión tal que únicamente lo acostumbra a acatar absurdos, en lugar de comprender el mundo en que vive.
Recordé que Julia, la profesora de biología, tenía varios ratones blancos en su laboratorio. Así que me fui hasta su casa y le pedí un ratón prestado.
En la fiesta la maestra me señaló a Sarco, que se encontraba sentado en un rincón del patio al lado del escenario de títeres, disfrutando de una función. Me senté a su lado sin prestarle atención y en determinado momento saqué el ratón del bolsillo y comencé a acariciarlo en mi mano.
El rostro de Sarco se iluminó de golpe y señalando mi mano me susurró:
v _ ¡Un ratón!
v _ Sí…un ratón. –Le contesté. _ ¿Qué, acaso nunca habías visto uno?
v _Si. En mi casa esta lleno. Sobretodo en el granero. Mi papá siempre está tratando de combatirlos y no puede. Él dice que son muy inteligentes y rápidos. Que es muy difícil atraparlos.
v _Ciertamente son animalitos increíbles. Pero no conviene andar con ellos encima, ya que son portadores de muchas enfermedades. Yo tengo este ahora, por que se lo llevo a Julia la profesora de biología, que los usa en su laboratorio. Pero nunca conviene tocar uno.
v _ Solamente si es tu amigo. - Dijo Sarco.
v _No me digas que eres amigo de algún ratón. –Le pregunté, puesto que me alertaron sus palabras.
v _ Sí. Yo tuve un amigo ratón, pero un día se me escapó en la clase y Trevor, el jardinero, lo aplastó con su bota.
v _ Pero bueno amiguito, la clase no es lugar para llevar a un ratón. ¿No te parece?
v _ Pero era mi amigo y me ayudaba en la clase.
v _ ¿Cómo puede un ratón ayudarte en la clase?
v _ Mi papá, siempre me dice que soy un estúpido y un idiota. Pero también, que los ratones son muy inteligentes. Un día en el granero, encontré uno chiquito y le di de comer. Nos hicimos amigos. Yo le daba de comer y él me ayudaba a ser inteligente y vivo, como mi papá decía que eran ellos.
v _ ¿Cómo te llamas querido? Le pregunté muy angustiado.
v _Me llamo Sarco, señor.
v _ Dime Sarco. ¿Tu crees que tu padre te mandaría a la escuela, si en realidad pensara que eres estúpido?
v _ Es que el no sabía, que yo iba a clases con Pepe.
v _¿Pepe? - Le pregunté, suponiendo que se refería a un compañero de clases.
v _ ¡Siii, Pepe! Mi ratón.
v _¿Se llamaba Pepe?
v _ Si. Pero ahora sin Pepe que me ayude, ya no puedo ser inteligente.
Le di un beso en la frente y fui a devolverle el ratón a Julia.
v _ ¿Pero, no hablaste con él? - Preguntó Aztitúz, preocupado.
v _ No era ni el lugar, ni el momento para hacerlo. En realidad tampoco sabía qué decir. Como poder eliminar toda esa represión del padre, de años de ser inculcada, en solo algunos minutos. Pensé que tenía todas las vacaciones para pensar en el asunto.
v _ Imagino la impotencia que habrás sentido al no poder hacer nada al respecto.
v _ Una vez, un sabio me enseñó que no siempre se solucionan los problemas, eliminando aquello que perjudica a otro. Casi siempre, la solución es guiar al sometido para que con sus propios medios combata el problema. No siempre se puede aportar la solución final, si embargo, se puede ayudar a dar un primer paso.
Comencé por comunicarle a la maestra mi conversación con Sarco, lo que la ayudó a comprender su cambio de actitud. Me prometió que lo hablaría con la directora y que para el año siguiente verían la forma de ayudarlo contemplando su situación. De igual forma iban a convocar al padre para hacerle entender, que las palabras llegan al niño con igual profundidad que la acción. Que no hay que confundir. Porque si se le dice estúpido a un adulto, este reacciona en su defensa. El niño no. Pero no es porque no comprenda el significado de la palabra. Es simplemente porque se encuentra en desigualdad de condiciones y un padre no debe abusarse de ello.
v _ Está muy claro. –Asintió Aztitúz. _Sabes, que pensando en Sarco, creo que sería parte fundamental de la enseñanza a los niños, que a comienzos de las clases, se hicieran varias jornadas junto a los padres. De esa forma podríamos ver como se relacionan entre ellos y ayudarlos a no cometer esos errores, que muchas veces, son inconscientes.
v _Eso sería un comienzo muy positivo. Pero ten en cuenta que para ello, deberían dejar de trabajar algunas horas, te lo digo como Alcalde que eres.
v _Tampoco sería todo un día. Lo que sí es claro que los padres trabajan también, para el bienestar de sus hijos. El pueblo, necesita del trabajo de los padres, para poder construir el futuro para los chicos. Pero en definitiva ¿Cuál es del objetivo del bienestar, cuando no se atiende la verdadera necesidad de los niños? El derecho a ser respetados, amados y comprendidos por nosotros, los adultos. Eso vale más que cualquier hora de trabajo.
v _ Tiene razón Alcalde. –Afirmó Azor, resaltando su condición de gobernante.
v _ ¿Qué sucedió con Sarco? - Preguntó Aztitúz.
v _ Las cosas, cuando a alguien le preocupan realmente tienden a solucionarse por sí mismas. Los hechos ocurren aparentemente, bajo el velo de la casualidad, pero en realidad, es uno que los genera.
Un día llegó a Allalejos, un vendedor ambulante que se ubicó en la plaza vendiendo todo aquello que traía consigo. Entre todas las cosa que ofrecía, tenía unos llaveros de los cuales colgaban animalitos pequeños de peluche. Uno de estos, era un ratón.
Recordé a Sarco y pensé que tal ve, podría ser ásta, una manera de ayudarlo.
No dudé un segundo y le compre el llavero al vendedor.
Me dirigí hacia la casa de Sarco y lo encontré jugando junto al río.
v _ Hola Sarco. ¿Cómo estás? ¿Te acuerdas de mi?
v _ ¡Si claro! Eres el señor del ratón, en la fiesta del colegio.
v _ ¡Te acuerdas! Mira, te traigo un regalo. Pero antes de dártelo, quiero preguntarte algo: ¿Tu amigo Pepe, hablaba?
v _ Bueno, si hablaba. , Pero no hacía ruido.
v _ ¿Cómo que no hacía ruido?
v _ Claro, él me hablaba por adentro.
v _ ¡Ah! - Exclamé. _ Nadie lo escuchaba. Solo tú, podías oírlo.
v _ ¡Sí!
v _ Y dime Sarco: ¿ Y tu mamá?
v _ Ella murió cuando yo era muy chiquito. Casi no la recuerdo. Pero mi papá me dio una foto de ella y la tengo en mi cuarto. Todas las noches antes de dormir, rezo con ella, para que mi Ángel de la Guarda me proteja.
v _ Es que hay veces que no necesitamos la presencia física de la persona que queremos, para seguir estando con ella. Con tener algo que nos la recuerde, es suficiente para sentirla cerca. ¿No te parece?
v _ ¡Si claro!
v _ Es como con tu amigo Pepe. El no te hablaba porque no saben hablar los ratones, pero al estar a tu lado, era como si se comunicara contigo y te dijera que hacer.
v _ Él me ayudaba con su inteligencia.
v _ Así como mamá te ayuda en las noches, con el amor que te brinda a través de su fotografía.
v _ ¡Sí! Y a papá también, porque rezamos juntos.
v _ Está bien. Mira, yo te traje una imagen de tu amigo Pepe. –Y le entregué el llavero.
v Sarco tomó el llavero en sus manos y los ojos se le llenaron de lágrimas.
v _ Pepe era un poquito más grande. –Atinó a decirme.
v _ Mamá también, hijo. Si embargo, el te acompañará como lo hacía Pepe. Verás que al igual que mamá, éste Pepe, también estará contigo.
v _ ¡Gracias! - Se colgó de mi cuello, me estampó un beso en la frente y se perdió corriendo hacia el interior de la casa.
v _ ¿Y, lo ayudó? –Preguntó Aztitúz.
v _ Al año siguiente, la maestra y la directora mantuvieron varias charlas con el padre de Sarco. Y entre todos lograron que el niño, poco a poco, entendiera que nadie podía decirle lo que él era, que simplemente debía ser aquello que deseara ser y sus propias convicciones lo llevarían al camino de su realización.
La idea del ratón de peluche no sé si sirvió para algo. Pero si algún día vas al pueblo de Allalejos, y pasas cerca de la Universidad, tómate un tiempo para hacerle una visita al Rector. Seguramente te atienda por tu condición de Alcalde. Y al entrar a su despacho observa detenidamente la chimenea de piedra que se encuentra detrás de su sillón. Nadie sabe el porqué, pero del centro de la chimenea cuelga un viejo llavero con un ratón de peluche.
Sarco, un niño como tantos...
v _Azor viejo amigo; a pesar de los años que nos conocemos, no se nada de tu juventud. Nunca hemos hablado tu pasado o sobre tu tu infancia, tus padres, y jamás hemos hablado de quién era Azor antes que entrara por la puerta de la Alcaldía, el día que nos vimos por primera vez. ¿Recuerdas? A pesar de todos estos años, recién hoy me doy cuenta que nunca hemos hablamos sobre tu pasado.
v _ Me sucede los mismo querido Aztitúz, tanto con tu pasado, como también con el mío.
v _ ¡Vamos amigo! - Exclamó Aztitúz – ¿No me dirás ahora que padeces de amnesia?
v _ ¡Noo! Por supuesto que no padezco de amnesia. -Respondió Azor entre sonrisas.- Es simplemente una disociación de tiempos. Cuando uno vive de manera que aprende de cada paso que se da en la vida, el pasado se transforma en un presente activo. Se convive a diario con él, y esto hace que deje de considerarse como pasado. Hay por el contrario, quienes conviven solo con el acontecimiento en sí mismo. Hablan de aquello que les ocurrió, del cómo les afectó, y lo redactan con una exactitud de detalles tan extrema, a manera de crónica, pero que denota el que no genera en ellos nada nuevo. Digamos, que no los modifica como “seres ejecutivos”, siguen manteniendo las mismas estructuras de su ser; únicamente les aporta una pena, perdida o satisfacción más, para el anecdotario de sus vidas. Lo primario para estos, es el sentido de posesión y ellos mismos. Es únicamente una cuestión de pérdidas o ganancias. El hecho en sí, queda en el pasado, no trasciende porque no es una enseñanza, es nada más que tener o haber dejado de tener historias que a quienes las transmiten, buscan generar sentimientos varios; de grandeza, lástima… Una forma de rellenar una existencia vacía de valor interior.
Por el contrario, si uno aprende de aquello que le ocurre, ese aprendizaje lo acompañará toda la vida. Y uno convive con el cambio que genera ese aprendizaje. En este caso, prima el sentido de trascendencia del ser. Nada se posee o se pierde en sí mismo, puesto que los hechos son como vehículos que transportan aprendizajes. Este último, pasa a ser el resultado de lo que aprende, y como ser, actúa de forma activa, cambiante; ya que está en constante crecimiento. El primero, es aquello que posee y entre esas posesiones, se encuentran las cosas que le ocurrieron. Es un ser estático, permanente, podríamos decir; ya que no crece, únicamente acumula. Se aferrará a lo que posee porque esto le asegura mantener el volumen de lo acumulado. El segundo individuo, por el contrario, no se aferra a nada puesto que busca el aprendizaje. Sabe que con cada acontecimiento, aprende; por lo tanto, busca el acontecer permanente. No siente poseer nada más que aquello que incrementa su ser. Por todo esto, hay quienes deben contar su historia para mostrar lo que son y hay quienes simplemente muestran lo que son, que no es más que su historia.
El pueblo de Acacerca, aparece como una mullida alfombra siena que descansa sobre un hermoso valle, enclavado sobre las faldas de la cordillera de Montealto que lo abrazaba por el poniente. Por el Este lo rodea un frondoso bosque de Abetos, Pinos y Fresnos; con ejemplares que superan los doscientos años de antigüedad. Al Norte, corre el río Frío, cuyas nacientes se encuentran en el pico del Loalto, que con sus tres mil ochocientos metros de altura es el pico más alto de la región. Con sus nieves eternas coronando sus cumbres, aparece como un vigía siempre alerta con su mirada puesta sobre los techos de Acacerca. De allí provienen las aguas del río Frío. Cristalinas, pobladas de truchas y otras tantas especies de peces, con la temperatura propia del río de deshielo que dan origen a su nombre.
Las callejuelas de piedra suben y bajan cual serpientes por las crestas de las colinas. La edificación más alta, es la Alcaldía. Sus tres pisos gobiernan la ciudad desde la parte más alta, sobre la falda misma del Loalto. Para construirla tuvieron que cavar en la montaña para nivelarla, como quien quiere cortar una porción de torta. Por ello, a través del jardín que da a los fondos del edificio se puede trepar fácilmente hasta un peñasco de granito que sobresale cual si fuera una nariz, por encima de la altura del techo de la construcción. A ese peñasco acostumbran ir Azor y Aztitúz, sobre todo en las cálidas noches de verano como la de hoy.
Una brisa casi imperceptible trae de regalo algo del frío del Loalto, para esta calurosa noche de verano. Los grillos dan sonido a un crepúsculo, que de tan apacible, pareciera ser mudo. Se puede escuchar el agua del río Frío caer por la ladera del Loalto, tal como si les pasara por debajo del cuerpo y hasta tal vez, sentir la frescura de sus aguas.
El pueblo yace dormido en un sueño obligado por el calor, que hace tedioso cada movimiento hasta espesar las sábanas. La labor en los campos había sido más dura que nunca por las altas temperaturas, y eso el cuerpo lo sentía.
Algunas ventanas permanecen aún iluminadas; la del hotel viejo, en donde la recepción oficia de sala de cuentistas que evaden sus insomnios con un mar de anécdotas fantásticas. También la del bar de la plaza en donde quedan los amigos de toda la vida hasta última hora, a la espera del reparto de las sobras del día, a modo de bufete familiar. Las ventanas restantes, acusan el cansancio del día.
Los dos amigos yacen recostados sobre la piedra hipnotizados por un cielo que minado de estrellas que parecieran multiplicarse a cada minuto, cobijan a una Luna en cuarto creciente, que suavemente se balancea sobre las siluetas de las copas de los árboles, los que aparentan sostenerla entre sus brazos. Las estrellas fugaces dan ese toque de sorpresa al espectáculo, haciendo que el primero que logra detectar una, golpeé al otro en el hombro a la vez que le dice: ¡Mira, mira. ¡Allá, allá!
Sobre sus cabezas el pico del Loalto resplandece fluorescente ante el brillo de la Luna que lo enfrenta. No hay aliento posible que destile palabras ante tanta inmensidad. El aire se hace poco, la belleza de esta noche es tan plena que ridiculiza cualquier intento de manifestar ese éxtasis que agobia el alma.
v _¿Que importancia puede haber, en el pasado de alguien en quien se confía o a quien se ama? ¿Qué más da, lo ocurrido? El hecho en sí mismo no hace a quien se tiene al lado. Es el individuo aquel que da trascendencia al hecho ocurrido. Todos creemos que el saber lo que le ocurrió a una persona, nos hace conocerla mejor. Sin embargo tal vez, no sabemos como se conformó esa persona a razón del hecho. Tendemos por deformación, a ignorar la individualidad del ser.
v _¡No entiendo a que te refieres Azor!
v _Se vive procurando saber lo que hizo tal o cual persona, partiendo de la premisa que conociendo su historia, sabremos lo que es. Creemos que todos reaccionan de igual forma que lo hacemos nosotros. Todos saben lo que hizo cada cual, pero nadie conoce a nadie.
v _ Y así ocurre con los niños. - Aztitúz, pensaba en el comienzo de clases que iniciaba el próximo lunes. _Pensamos que los estamos ayudando a crecer protegiéndolos, sobre la base de nuestras propias experiencias. Damos por hecho que nuestras decisiones son las más adecuadas para ellos, generalmente sin escucharlos, menospreciando su capacidad de resolver sus propios problemas. Y lo que es peor aún, sin darnos cuenta que en realidad, lo que hacemos es convertirlos en herederos de nuestros propios miedos y errores.
v _Conocí un día a un niño, en el pueblo de Allalejos, sobre el cual suponíamos, que era castigado duramente por el padre. Digo suponíamos, puesto que en realidad nadie había constatado alguna agresión. Simplemente los síntomas que presentaba el chico en su relación con los adultos, se correspondían con patrones de comportamiento que presenta un niño golpeado.
v _ ¡Que acto repudiable! – Dijo Aztitúz espontáneamente.
v _ Es cierto. Es una de las actitudes humanas más repudiables con la que uno se pueda enfrentar. El niño es un individuo indefenso, y más aún lo es ante sus padres; quienes lo someten haciendo uso de una imagen de autoridad de la que el niño espera y sólo supone que recibirá, amor y contención.
v _Si, está claro. Pero pegarle a un niño ha de ser el acto más cobarde y miserable que pueda llevar a cabo un ser humano.
v _ Estoy de acuerdo contigo Aztitúz, pero en este caso, el niño, no era víctima de agresión física. El padre había soñado toda su vida con llegar a ser un ebanista, como lo fue su abuelo. Su padre había fallecido cuando él era muy pequeño, por lo tanto su referente era el abuelo. Trabajó junto con el viejo hasta que cumplió los treinta años. Ese trágico día, estando en el bar de la plaza junto a unos amigos, se resbaló con una botella en la mano cortándose los tendones de su diestra. A partir de entonces su vida se transformó en una completa frustración. Al no poder utilizar su mano derecha no pudo seguir trabajando como ebanista. Debió conformarse con ser carpintero, realizando trabajos muy elementales. Todos entendemos que ser carpintero es tan loable como el ser ebanista. Sin embargo para él, la carpintería había sido un vehículo para perfeccionar su oficio de ebanista. Todo el mundo lo ayudaba y le llevaban trabajos para hacer, lo que le permitió mantener a su familia. Pero nunca se pudo conformar con verse obligado a dejar la ebanistería. Esa frustración la irradiaba por doquier y sobre todo en Sarco, su hijo de nueve años. Jamás llegó a golpearlo, pero cada vez que el niño cometía algún error lo llenaba de adjetivos como estúpido, idiota, imbécil y frecuentemente, inútil.
v _Bueno, eso es otra forma de agresión. – Dijo Aztitúz.
v _Claro que lo es, y muchas veces más lesiva que un golpe. El niño se siente identificado con el adulto que lo acompaña, busca siempre la aprobación de éste como una forma de confirmar sus aciertos. Si el adulto lo rotula de imbécil, lo más probable es que se sienta o se crea un imbécil; generando daños irreparables en su propia autoestima, lo que perjudicará su desarrollo como individuo en su futuro inmediato.
v _Es frecuente Azor, que los adultos depositen en los niños sus miedos y sus frustraciones. Generalmente sin una mala intención. Y muchas de esas veces, sin conciencia del mal que están haciendo al chico. Sin embargo esta “ignorancia” de las consecuencias de sus acciones, no minimiza la gravedad de la agresión y menos aún, sus consecuencias. Dependerá de la capacidad de diferenciar las cosas que tenga el niño al alcanzar su edad adulta, lo que le permitirá comprender esa relación.
v _Y en este caso, el padre no era consciente de la situación. En realidad, los adjetivos que le aplicaba a Sarco, eran los mismos que acostumbraba recibir por parte de su abuelo. Para él esto era normal, había sido parte de su formación. Sin embargo estaba claro que no había aprendido de ello, repitiendo esa relación con su hijo.
v _ ¿Tiene algo que ver esta historia de Sarco, con mi inquietud por saber tu propia historia?
v _ En cierta manera sí. - Contestó Azor.- Tiene que ver con el aprendizaje. La historia de Sarco me llegó por medio de su maestra, cuando éste comenzó a asistir a la escuela. Le llamó la atención porque era un niño muy callado y tímido, pero solamente cuando debía relacionarse con algún adulto. No así con los otros niños de la clase, con los que compartía todas las actividades con normalidad. En su rendimiento y aprendizaje, se podía decir que era uno de los mejores. Si hubiese contado con la atención y el apoyo de su padre, tal vez hubiese llegado a ser el mejor de la clase. Una mañana de invierno, cuando la maestra se encontraba escribiendo en el pizarrón, comenzaron a gritar todos los niños despavoridos. Unos se subían a los bancos y otros, directamente salieron corriendo por la puerta del aula. La maestra sin entender lo que ocurría, intentó calmar a los chiquilines a la vez que buscaba entender que era lo que estaba pasando. En ese momento una de las chicas gritó “ ¡Un ratón señorita, un ratón! ¡Sarco trajo un ratón a la escuela!”. La maestra miró al suelo y vio al ratón que venía corriendo directamente hacia ella. De un solo salto se trepó a su escritorio, y se unió inmediatamente al concierto de gritos de los chicos.
v _ Azor, esas son típicas travesuras de niños. Cuantas de esas han hecho todos alguna vez en la escuela.
v _Ciertamente. Pero en este caso en particular había una razón específica, que salió a la luz un tiempo después de lo ocurrido.
Azor, siguió contando lo que sucedió en la escuela:
v _El alboroto fue escuchado por Trevor, que era el jardinero y cuidador de la escuela. Entró corriendo en el salón y cuando vio al ratón, simplemente lo aplastó con su bota. Sarco fue llevado a la dirección, en donde le aplicaron una suspensión por dos días y llamaron al padre para que viniera a buscarlo. Cuando el padre llegó, la directora y la maestra le contaron lo ocurrido para que entendiera el motivo de la suspensión y al salir de la oficina de la directora, el padre tomó a Sarco de un hombro y dirigiéndolo hacia la puerta de salida le dijo: “ ¡Mira que eres imbécil! Cuantas veces te tengo que decir que no andes con esos ratones de porquería. Pero claro, si eres un estúpido. ¡Vamos para casa!”
La maestra y la directora se miraron, y sin mediar palabras, comenzaron a prestar atención a Sarco, sabiendo que no era esa la manera que un padre debía dirigirse a su hijo.
Cuando regresó Sarco de su suspensión, no era el mismo niño que conocieron. Su timidez se había trasladado también para con sus compañeros y su rendimiento, dejaba mucho que desear. La maestr, conociendo al niño, estaba muy preocupada por su actitud y no lograba comprender que le ocurría.
Así fue que el día de fin de cursos, la maestra me contó la historia de Sarco durante el transcurso de ese año escolar. Me preocupó la situación del chico y le pedí que me lo presentara, pensando que tal vez, podría ayudarlo de alguna manera.
v _ Hay ocasiones en que los niños no aceptan una reprimenda. O se sienten muy avergonzados por el lío que ocasionaron. Les cuesta aceptar el error y esa actitud, los aísla por un tiempo de su entorno hasta que reconocen o bien, aceptan su culpabilidad, y regresan a su actividad normal.
Ahora que, eso de llevar un ratón a la escuela, como broma, es bastante pesada. Tal vez pudo ocurrir que el padre, lo agrediera tan severamente por lo ocurrido que lo anulara por completo.
v _Yo te pregunto, Aztitúz: ¿Porqué supones que el episodio del ratón, fue un intento de hacer una broma?
v _ Y bueno... ¿Para qué otra cosa se puede llevar un ratón a un salón de clases?
v _ ¿Te das cuenta? Es de lo que te hablaba al principio. Te olvidas del niño individuo. Únicamente te preocupa saber lo que ocurrió y luego, simplemente lo interpretas basándote en tus propias experiencias. El niño no ha de ser juzgado a priori; ha de ser primero, comprendido. Para comprenderlo debemos recordar cuando éramos niños, y de esa forma comunicarnos con él. Otorgarle los derechos de hablar, de expresarse. Si para algo absorbemos conocimiento es para poder ponernos a la altura del niño cuando este nos necesita. Hablar con él en su propio idioma y no hacer un alarde de nuestra autoridad o un despliegue de nuestros absurdos principios, dejando al niño en un estado de incomprensión tal que únicamente lo acostumbra a acatar absurdos, en lugar de comprender el mundo en que vive.
Recordé que Julia, la profesora de biología, tenía varios ratones blancos en su laboratorio. Así que me fui hasta su casa y le pedí un ratón prestado.
En la fiesta la maestra me señaló a Sarco, que se encontraba sentado en un rincón del patio al lado del escenario de títeres, disfrutando de una función. Me senté a su lado sin prestarle atención y en determinado momento saqué el ratón del bolsillo y comencé a acariciarlo en mi mano.
El rostro de Sarco se iluminó de golpe y señalando mi mano me susurró:
v _ ¡Un ratón!
v _ Sí…un ratón. –Le contesté. _ ¿Qué, acaso nunca habías visto uno?
v _Si. En mi casa esta lleno. Sobretodo en el granero. Mi papá siempre está tratando de combatirlos y no puede. Él dice que son muy inteligentes y rápidos. Que es muy difícil atraparlos.
v _Ciertamente son animalitos increíbles. Pero no conviene andar con ellos encima, ya que son portadores de muchas enfermedades. Yo tengo este ahora, por que se lo llevo a Julia la profesora de biología, que los usa en su laboratorio. Pero nunca conviene tocar uno.
v _ Solamente si es tu amigo. - Dijo Sarco.
v _No me digas que eres amigo de algún ratón. –Le pregunté, puesto que me alertaron sus palabras.
v _ Sí. Yo tuve un amigo ratón, pero un día se me escapó en la clase y Trevor, el jardinero, lo aplastó con su bota.
v _ Pero bueno amiguito, la clase no es lugar para llevar a un ratón. ¿No te parece?
v _ Pero era mi amigo y me ayudaba en la clase.
v _ ¿Cómo puede un ratón ayudarte en la clase?
v _ Mi papá, siempre me dice que soy un estúpido y un idiota. Pero también, que los ratones son muy inteligentes. Un día en el granero, encontré uno chiquito y le di de comer. Nos hicimos amigos. Yo le daba de comer y él me ayudaba a ser inteligente y vivo, como mi papá decía que eran ellos.
v _ ¿Cómo te llamas querido? Le pregunté muy angustiado.
v _Me llamo Sarco, señor.
v _ Dime Sarco. ¿Tu crees que tu padre te mandaría a la escuela, si en realidad pensara que eres estúpido?
v _ Es que el no sabía, que yo iba a clases con Pepe.
v _¿Pepe? - Le pregunté, suponiendo que se refería a un compañero de clases.
v _ ¡Siii, Pepe! Mi ratón.
v _¿Se llamaba Pepe?
v _ Si. Pero ahora sin Pepe que me ayude, ya no puedo ser inteligente.
Le di un beso en la frente y fui a devolverle el ratón a Julia.
v _ ¿Pero, no hablaste con él? - Preguntó Aztitúz, preocupado.
v _ No era ni el lugar, ni el momento para hacerlo. En realidad tampoco sabía qué decir. Como poder eliminar toda esa represión del padre, de años de ser inculcada, en solo algunos minutos. Pensé que tenía todas las vacaciones para pensar en el asunto.
v _ Imagino la impotencia que habrás sentido al no poder hacer nada al respecto.
v _ Una vez, un sabio me enseñó que no siempre se solucionan los problemas, eliminando aquello que perjudica a otro. Casi siempre, la solución es guiar al sometido para que con sus propios medios combata el problema. No siempre se puede aportar la solución final, si embargo, se puede ayudar a dar un primer paso.
Comencé por comunicarle a la maestra mi conversación con Sarco, lo que la ayudó a comprender su cambio de actitud. Me prometió que lo hablaría con la directora y que para el año siguiente verían la forma de ayudarlo contemplando su situación. De igual forma iban a convocar al padre para hacerle entender, que las palabras llegan al niño con igual profundidad que la acción. Que no hay que confundir. Porque si se le dice estúpido a un adulto, este reacciona en su defensa. El niño no. Pero no es porque no comprenda el significado de la palabra. Es simplemente porque se encuentra en desigualdad de condiciones y un padre no debe abusarse de ello.
v _ Está muy claro. –Asintió Aztitúz. _Sabes, que pensando en Sarco, creo que sería parte fundamental de la enseñanza a los niños, que a comienzos de las clases, se hicieran varias jornadas junto a los padres. De esa forma podríamos ver como se relacionan entre ellos y ayudarlos a no cometer esos errores, que muchas veces, son inconscientes.
v _Eso sería un comienzo muy positivo. Pero ten en cuenta que para ello, deberían dejar de trabajar algunas horas, te lo digo como Alcalde que eres.
v _Tampoco sería todo un día. Lo que sí es claro que los padres trabajan también, para el bienestar de sus hijos. El pueblo, necesita del trabajo de los padres, para poder construir el futuro para los chicos. Pero en definitiva ¿Cuál es del objetivo del bienestar, cuando no se atiende la verdadera necesidad de los niños? El derecho a ser respetados, amados y comprendidos por nosotros, los adultos. Eso vale más que cualquier hora de trabajo.
v _ Tiene razón Alcalde. –Afirmó Azor, resaltando su condición de gobernante.
v _ ¿Qué sucedió con Sarco? - Preguntó Aztitúz.
v _ Las cosas, cuando a alguien le preocupan realmente tienden a solucionarse por sí mismas. Los hechos ocurren aparentemente, bajo el velo de la casualidad, pero en realidad, es uno que los genera.
Un día llegó a Allalejos, un vendedor ambulante que se ubicó en la plaza vendiendo todo aquello que traía consigo. Entre todas las cosa que ofrecía, tenía unos llaveros de los cuales colgaban animalitos pequeños de peluche. Uno de estos, era un ratón.
Recordé a Sarco y pensé que tal ve, podría ser ásta, una manera de ayudarlo.
No dudé un segundo y le compre el llavero al vendedor.
Me dirigí hacia la casa de Sarco y lo encontré jugando junto al río.
v _ Hola Sarco. ¿Cómo estás? ¿Te acuerdas de mi?
v _ ¡Si claro! Eres el señor del ratón, en la fiesta del colegio.
v _ ¡Te acuerdas! Mira, te traigo un regalo. Pero antes de dártelo, quiero preguntarte algo: ¿Tu amigo Pepe, hablaba?
v _ Bueno, si hablaba. , Pero no hacía ruido.
v _ ¿Cómo que no hacía ruido?
v _ Claro, él me hablaba por adentro.
v _ ¡Ah! - Exclamé. _ Nadie lo escuchaba. Solo tú, podías oírlo.
v _ ¡Sí!
v _ Y dime Sarco: ¿ Y tu mamá?
v _ Ella murió cuando yo era muy chiquito. Casi no la recuerdo. Pero mi papá me dio una foto de ella y la tengo en mi cuarto. Todas las noches antes de dormir, rezo con ella, para que mi Ángel de la Guarda me proteja.
v _ Es que hay veces que no necesitamos la presencia física de la persona que queremos, para seguir estando con ella. Con tener algo que nos la recuerde, es suficiente para sentirla cerca. ¿No te parece?
v _ ¡Si claro!
v _ Es como con tu amigo Pepe. El no te hablaba porque no saben hablar los ratones, pero al estar a tu lado, era como si se comunicara contigo y te dijera que hacer.
v _ Él me ayudaba con su inteligencia.
v _ Así como mamá te ayuda en las noches, con el amor que te brinda a través de su fotografía.
v _ ¡Sí! Y a papá también, porque rezamos juntos.
v _ Está bien. Mira, yo te traje una imagen de tu amigo Pepe. –Y le entregué el llavero.
v Sarco tomó el llavero en sus manos y los ojos se le llenaron de lágrimas.
v _ Pepe era un poquito más grande. –Atinó a decirme.
v _ Mamá también, hijo. Si embargo, el te acompañará como lo hacía Pepe. Verás que al igual que mamá, éste Pepe, también estará contigo.
v _ ¡Gracias! - Se colgó de mi cuello, me estampó un beso en la frente y se perdió corriendo hacia el interior de la casa.
v _ ¿Y, lo ayudó? –Preguntó Aztitúz.
v _ Al año siguiente, la maestra y la directora mantuvieron varias charlas con el padre de Sarco. Y entre todos lograron que el niño, poco a poco, entendiera que nadie podía decirle lo que él era, que simplemente debía ser aquello que deseara ser y sus propias convicciones lo llevarían al camino de su realización.
La idea del ratón de peluche no sé si sirvió para algo. Pero si algún día vas al pueblo de Allalejos, y pasas cerca de la Universidad, tómate un tiempo para hacerle una visita al Rector. Seguramente te atienda por tu condición de Alcalde. Y al entrar a su despacho observa detenidamente la chimenea de piedra que se encuentra detrás de su sillón. Nadie sabe el porqué, pero del centro de la chimenea cuelga un viejo llavero con un ratón de peluche.
miércoles 8 de diciembre de 2010
Capitulo I del Libro de Acacerca.
Capítulo I
De porqué a Azor, se lo conoce como "el Sabio"...
Mucho antes de la llegada de Azor, el pueblo de Acacerca era muy similar a las ciudades que hoy conocemos.
Era un pueblo en el que todos sus habitantes habían dejado de soñar. La gente , preocupada por su bienestar económico, estaba totalmente dedicada al trabajo y ya no acostumbraba soñar; y menos aún intentaba vivir sus sueños, convencidos que era una forma de perder el tiempo.
v _¿ Para qué desperdiciar el tiempo soñando en cosas que no existen, mientras que la vida pasa y dejamos de hacer aquello que realmente importa? - Decían los ciudadanos.
De lo que no se dieron cuenta fue, que al dejar de lado los sueños, olvidaron también a los niños.
Estos últimos, estaban forzados a comportarse como adultos antes de tiempo y de esa forma, dejaban olvidada su sonrisa entre los apurones y la locura de un montón de horarios y cosas para hacer. Les llenaban el día de tareas que en el pasado se asignaban a los mayores y sin haber tenido tiempo para jugar o para soñar, los niños llegaban a la adultéz olvidando que alguna vez fueron niños.
Estaban convencidos que la alegría provenía de todos los bienes materiales que poseían, y que cuanto antes los obtuvieran, más rápidamente se alcanzaría la felicidad. Paradójicamente, nunca llegaban a satisfacerse puesto que siempre querían más y más; así que los adultos pensaron, que cuanto antes comenzaran a tener, mas rápidamente podrían obtener esa felicidad producto del poseer cosas.
Esto les producía una enorme tristeza que terminaba siempre en violencia. Por cualquier cosa se gritaban, se insultaban y mucha veces llegaban a pegarse. Las leyes se hacían cada vez más rígidas en un fallido intento de reprimir este estallido de violencia que aumentaba día a día, pero no llegaban a disminuir las agresiones. Cada vez habían más y más juicios, querellas y trifulcas callejeras; y cada vez habían más y más leyes. Los jueces trabajaban todo el día sin parar y las cárceles estaban abarrotadas de personas que habían, de una u otra manera, violado alguna ley.
Aztitúz, el Alcalde del pueblo, era una persona sumamente buena que había accedido a ese cargo, a pedido del Comité de Abuelos del Pueblo. Estos, que si habían sido niños, conocían el origen del problema de la violencia. Pero como siempre, no eran escuchados. Si bien la gente estudia y estudia, para saber más y más, pareciera luego no escuchar a aquellos que más han aprendido. La diferencia entre conocimiento condicionado y sabiduría, los abuelos la sabían, y`por ello buscaron un alma bondadosa y noble para que encontrara el camino para alejar a la violencia de su gente.
Pero la bondad de Aztitúz poco podía hacer para solucionar el problema. Fue elegido Alcalde cuando tenía veinte años y al igual que todos en la ciudad no había tenido la oportunidad de ser niño, y es que el problema no era que la gente fuera mala, era que estaba triste e insatisfecha.
Así que un día y comprendiendo que la solución no podía provenir de ninguno de ellos, con la aprobación de la Asociación de Abuelos, convocó a un gran concurso. Se otorgaría como recompensa un caldero lleno de monedas de oro a aquella persona que encontrara la manera de eliminar definitivamente la violencia que se había apoderado de su pueblo.
Fue imponente la cantidad de propuestas que se recibieron, así como fue un trabajo muy arduo seleccionar todas las cartas que llegaban con las diferentes ideas. De manera que optaron por clasificarlas por la similitud que tenían en cuanto al planteo. Esa fue una muy buena solución de parte de Aztitúz, quién siempre se preocupaba por ser lo más equitativo posible. De esta forma podían saber cual era la idea mayoritaria, en cuanto al sistema que debería aplicarse y así, se podría seleccionar aquella que tuviera la mayor cantidad de adeptos posible.
Pero la variedad era tal, que se hacía difícil tomar una decisión.
Estaban aquellos que opinaban, había que redactar leyes con penas aún más severas.
Otras, que culpaban a la cantidad de armas que tenía la gente en su poder y opinaban que debían quitarlas de circulación.
Algunos pensaban que debían amputarle un dedo a toda persona que cometiera un acto delictivo y que cuanto mas grave fuera éste, mayor debiera ser la cantidad de dedos a cortar.
Así, una gran variedad de propuestas que seducidas por el gran premio que se ofrecía, llenaban la enorme mesa de la Sala de Reuniones de la Alcaldía.
Aztitúz se sentó en su sillón y comenzó a contemplar la montaña de cartas, mientras pensaba como hacer para elegir la propuesta correcta. Se quedó un tiempo inmóvil mirando la mesa y se dio cuenta que en un rincón, había un sobre que estaba separado del resto y no tenía compañero. Entonces le dijo al tesorero, quién lo había ayudado en la selección:
v _Mira, allí te quedó una carta sin ordenar.
v _Está ordenada. - Contestó el tesorero.– Es una propuesta diferente al resto.
v _Bueno, entonces no deberíamos considerarla, puesto que no concuerda con ninguna otra. Por lo tanto, no contará con mucho apoyo de la gente.
v _Yo pensé lo mismo. - Dijo el tesorero.– Pero no la eliminé, ya que en ésta propuesta en particular, no reclamarían el caldero lleno de monedas de oro.
Aztitúz, lo miró un poco sorprendido y le dijo:
v _ Pero bueno, ese no es motivo para seleccionar a nadie. La finalidad de esta convocatoria es terminar con la violencia del pueblo, no quedarnos con el caldero.
v _Sí, es cierto lo que dices, pero como tesorero de este pueblo creo que debemos considerar que si esta propuesta fracasa, contaríamos con el caldero para ofrecerlo nuevamente en busca de la opción acertada. Y por otra parte, si esta fuera la acertada, hasta nos quedaríamos con el caldero, ahorrándole al pueblo una buena cantidad de dinero.
v _No estás pensando mal amigo tesorero. Y dime. ¿A quién pertenece esa propuesta?
v _A un tal, Azor, la remite desde el pueblo de Allaléjos.
v _Bueno, siendo así y sin mucho tiempo para perder, cítalo a mi Despacho lo antes posible y comenzaremos por él.
Azor llegó al pueblo en el autobús de las cuatro de la tarde. Al bajar, se dirigió a uno de los conductores que esperaba su turno para salir en su recorrido diario y le preguntó, en dónde quedaba la Alcaldía, a lo que este contestó:
v _En la Plaza Mayor.
v _Ah! - Dijo Azor.- _ Y dígame buen hombre. ¿En dónde queda esa Plaza Mayor?
v _En el centro. - Le contestó el chofer.-
v _ Ah! ¿Y sería mucho pedir que me explique cómo llegar hasta ese centro?
v _ En taxi.” – Sin siquiera mirarlo.-
v _Ah! Disculpe la molestia.” -Dijo Azor palmeándole el hombro.-
Se dirigió hasta la puerta de la terminal de autobuses donde habían dos chicos con uniforme de liceales fumando un cigarrillo.
v _Disculpen chicos, ustedes me pueden indicar cómo puedo llegar hasta la Plaza Mayor.
v _¿A lo que? -Le contestó uno de ellos atorándose con el humo que había aspirado.-
v _¡A la Plaza Mayor!. Insistió Azor.
v _No se cuál es esa Plaza, viejo. -Le replicó el mismo chico, recuperándose de la tos.-
v _Es aquella en donde está la Alcaldía.
v _Ah! La Plaza de la fuente. Y... tómate un taxi que va a ser lo mas rápido.
v _No busco lo más rápido. Busco llegar hasta la Plaza Mayor.
v _Y bueno, pégale derecho por la doble. Aquella, muere justo en la Plaza.
v _ Ah! Muchas gracias chicos.
Tomó entonces la Avenida doble que le indicaron y durante la caminata, Azor tuvo la oportunidad de ir descubriendo a otros ciudadanos y logró entender la preocupación del Alcalde y el porqué estaba dispuesto a dar una gran riqueza a quién alejara la violencia de las personas.
Pasó por un almacén donde dos policías tenían sujeto a un individuo que había intentado robar la máquina registradora del establecimiento. A su lado dos señoras comentaban.
v _ ¡Y si! Con la miseria que hay, la gente no encuentra otra opción que robar. El hambre es tal en el pueblo, que se ha llegado a los límites de la desesperación. Fíjate este hombre, como él dice, tuvo que salir a robar por hambre, por necesidad.
Azor un tanto confundido les preguntó:
v _¿Y si tenía hambre, porque no robó comida? ¿Acaso la plata aquí la comen?
v _¡Nooo! -Exclamó una de ellas.– _¡Qué cosas dice! Aquí la plata no se come, pero sin plata, no se puede hacer nada.
v _Ah!. -Dijo Azor.-
Siguió caminando y se topó con dos individuos que discutían en una esquina, por un lugar para estacionar sus coches.
Esto desconcertó a Azor, ya que veía que unos diez metros adelante, había lugar para tres coches más, así que les preguntó:
v _Disculpen señores. ¿Porque discuten si unos metros mas adelante hay lugar para tres coches?.
v _¿Y usted que se mete, viejo?. -Le contestaron casi al unísono-.
v _No es mi intención meterme en ningún lado, únicamente quería compartir con vosotros, aquello que estoy viendo.
v _¿Y quién te preguntó algo?
v _Ah! -Dijo Azor y siguió su camino.-
Se topó con un niño que llevaba una pelota en la mano y le preguntó:
v _Disculpa niño. ¿Me falta mucho para llegar a la Plaza Mayor?
v _No. Unas seis cuadras más o menos. - Le contestó el chico.-
v _Veo que vas a jugar a la pelota en alguna plaza de aquí cerca. – Le comentó Azor.-
v _No. No tengo tiempo para esas cosas. -Contestó el niño como algo obvio.– _Ahora voy a clases de inglés, luego a computación, a las ocho tengo karate y después debo ir a casa a hacer la tarea para el liceo.
Mirando la pelota, Azor le preguntó.
v _ ¿Y que haces con esa pelota en la mano?
v _La encontré en el suelo y no se porqué pero la llevo en la mano.
Azor intentó tomar la pelota y el chico, con un rápido movimiento casi instintivo, la ocultó debajo de su chaqueta.
v _¿Y si no sabes que hacer con ella, porqué entonces no la tiras? -Dijo Azor mirándolo a los ojos.-
v _No sé, es como si la tuviera pegada a la mano.-
v _¿No será, tal vez, que te está queriendo decir algo?
v _Las pelotas no hablan. -Dijo el chico , inclinando la cabeza en un gesto casi compasivo.-
Y tomando Azor su bolso, le dijo al chico:
v _No siempre todo es una carencia del otro. Tal vez seas tú, el que no la escucha.
Y prosiguió su camino a la Alcaldía.
Cuando llegó a la Plaza Mayor, se tomó unos minutos antes de entrar a la Alcaldía. Miró a su alrededor, se sentó en la única piedra que había en la Plaza y recordó una tarde de verano, hacía ya treinta años, en Plaza principal del Pueblo de Allaléjos, bajo la gran Acacia. Quería asegurarse de estar haciendo lo correcto . Recordó el trayecto de la Terminal hasta la Plaza. La indiferencia y la agresividad de la gente. La incomprensión ante la miseria humana y al niño con la pelota. En ese mismo momento, el niño pasaba caminando por la vereda del frente, al tiempo que hacía rebotar la pelota contra el suelo... Sonreía. Un señor mayor lo reprendió duramente por jugar en la vereda con la pelota. Azor se incorporó, y se dirigió al Edificio de la Alcaldía.
Cuando Aztitúz vio a Azor entrar a su Despacho, sintió un enorme cariño por ese personaje maduro que le entibió el alma, pero al mismo tiempo se preguntó:
¿Cómo una persona de apariencia tan frágil, podría llevar a cabo tan dura tarea?
Extendió su mano y dijo:
v _Buenas tardes Señor Azor, yo soy Aztitúz, el Alcalde de éste pueblo.
v _Buenas tardes Señor Alcalde, yo soy Azor, al que usted a convocado.
v _Tome asiento por favor. - Convidó gentilmente Aztitúz.-
v Seré muy franco con usted. –Dijo hablando con actitud de Alcalde.–
v _De todas las cartas que hemos recibido la suya ha sido diferente. Casi hemos perdido la esperanza de lograr que nuestro pueblo vuelva a ser lo que fue alguna vez, por esto, optamos por su propuesta que nos permite, en el caso que usted fallara, no perder el tesoro del pueblo. ¿Usted aclara en la misma, que no desea quedarse con el caldero, verdad?
v _Así lo he escrito y bien usted lo ha dicho señor Alcalde, las monedas de oro quedarán en poder de sus dueños, es decir, de su pueblo.
v _¿Y... cual sería su recompensa? -Preguntó Aztitúz un tanto desconfiado.-
v _¿Y cual sería la suya? -Contestó Azor.-
v _Bueno. - Dijo Aztitúz reacomodándose en su silla.– _Yo seré recordado como el Alcalde que libró al pueblo de la violencia, que es mucha honra. ¿Pero usted?
v _Yo podré compartir el mundo con más niños, lo cuál, también es mucha honra.
v _No lo entiendo. -Dijo Aztitúz, con gesto de duda.-
v _Soy yo, quién no entiende. -Azor se levantó de su silla y se acercó a Aztitúz.– El sabio, reconoce que la honra, en estos casos, no debe jamás provenir del pueblo. No es de sabio solucionar problemas. De sabio es, reconocerlos antes que estos aparezcan. Así como es sabio también, diferenciar los tiempos de aprender, de aquellos tiempos de saber. Y en esto último, usted ha demostrado sabiduría.
Aztitúz quedó mirando a Azor por un tiempo sin decir una palabra. Sabía que aún no había podido entender aquello que ese forastero había querido decirle, sin embargo sentía que podía confiar en aquel extraño personaje. Para no dejar en evidencia su perplejidad, preguntó rápidamente:
v _¿ Y cómo piensa usted iniciar su labor ?
v _Bueno, al citarme aquí espero hayan ganado tiempo confeccionando los medallones que les detallé en mi propuesta.
v _Si claro. - Contestó el Alcalde algo recuperado.– _Hemos mandado a hacer, como usted lo solicita en el escrito, un medallón para cada habitante del pueblo, con sus iniciales delante y un espejo en la parte posterior. Y para mañana a las nueve de la mañana, todo el pueblo está citado en forma obligatoria, a concurrir a la Plaza Mayor para ponerse al tanto de aquello que habrán de hacer. ¿Le parece bien?
v _Más de lo que podría yo esperar mi estimado Alcalde. Ahora, si tuviera la gentileza de indicarme en donde me alojaré, aprovecharía para descansar un poco, ya que he tenido un día muy agotador por el viaje y mañana deseo estar descansado para comenzar el día.
v _Tiene razón mi amigo, yo haré lo mismo.
Y levantándose juntos, Aztitúz lo llevó hacia los dormitorios que quedaban dentro del edificio de la misma Alcaldía.
A la mañana siguiente y a las nueve horas, tal como fue indicado, todos los habitantes del pueblo concurrieron a la Plaza Mayor. No faltó nadie, hasta los enfermos que podían ser trasladados en sus camillas asistieron. Esta concurrencia fortaleció la esperanza de Azor, que había quedado un tanto desmoralizado luego de la experiencia que había tenido el día anterior. Esa noche, pensando en la caminata, había podido comprobar que no era una estrategia política del Alcalde para lograr algún beneficio propio, el promover un pueblo de sómbis preocupados únicamente en el enriquecimiento material. Y toda esta gente, que ahora estaba en la Plaza, confirmaba que eran conscientes del mal que les aquejaba y que no querían seguir viviendo de esa manera. Esto lo llenó de energía. Sabía que no hay peor ciego que aquel que no quiere ver y este, no era el caso.
El primero en asomarse al balcón del primer piso de la Alcaldía fue Aztitúz, quién vistiendo sus mejores galas de Alcalde se dirigió a su pueblo diciendo:
v _ Querido pueblo. Hoy no me dirijo a ustedes como su Alcalde. Hoy me coloco junto a ustedes para comenzar la recuperación de la Paz y la armonía de nuestro pueblo. Esa paz ya conocida por nuestros abuelos, que hoy nos acompañan y que queremos, no quede como una anécdota más para adornar los cuentos que nos transmiten. Hoy, simplemente les hablo desde este balcón para presentarles a Azor, quién ha venido del pueblo de Allálejos, por haber sido seleccionado entre todas las propuestas recibidas. A partir de este momento, todos, incluyéndome, daremos nuestra palabra de honor y juramos obedecer y respetar las palabras de Azor como lo hemos hecho con las Leyes. Asimismo, daremos a él nuestro apoyo incondicional con la finalidad de recuperar la Paz.
Una lluvia de aplausos invadió la Plaza al momento que Aztitúz invitaba a Azor, a tomar la palabra.
v _Ciudadanos de este pueblo, yo no les traigo la Paz, únicamente les he de mostrar en donde la han ocultado. En ustedes quedará el recuperarla como estado de sus almas. Solo habré de pedirles tres cosas. En la puerta de la Alcaldía se les hará entrega de un medallón en cuyo frente se han grabado las iniciales de sus nombres y en el reverso, se ha colocado un espejo. Deben llevarlo puesto siempre y sea a donde sea que vallan. Sin engañarse, cada ves que sientan el impulso de cometer un acto que pudiera perjudicar al prójimo, deberán mirar primero el reverso del medallón. Solo eso. También recibirán junto con el medallón, tres monedas de oro. Estas monedas pertenecen al caldero que fue prometido como premio en esta convocatoria y que ha sido distribuido equitativamente entre cada habitante del pueblo. Estas monedas, las cuales no podrán ser utilizadas bajo ningún concepto, deberán colocarlas dentro de un marco y colgarlas de la puertas de sus casas, a la vista de todos. Pasados tres días y a esta misma hora, nos reuniremos nuevamente en esta Plaza. Gracias por su presencia.
Se dio una media vuelta y se perdió en los salones de la Alcaldía.
La gente, un tanto perpleja, en un mar de murmullos, fue pasando por la puerta de la Alcaldía donde se les iba entregando el medallón junto con las monedas de oro. Todos miraban perplejos el medallón. Algunos lo frotaban, otros lo bendecían o lo besaban y estaban aquellos que lo perfumaban con esencias extrañas. Manteniendo la palabra dada a través del Alcalde, todos colgaban el medallón de sus cuellos y durante los tres días siguientes, fue el deber asumido por cada uno, verificar si el que pasaba a su lado lo llevaba también puesto. Así con las monedas recibidas, las cuales fueron debidamente enmarcadas y colgadas de las puertas de las casas.
Estos tres días transcurrieron en la mas absoluta normalidad y Azor, se había dedicado únicamente a leer en su dormitorio, saliendo solamente para comer e ir al baño.
Aztitúz tenía una fe que no sabía de dónde había salido, pero lo cierto era que la tenía, y ese personaje algo extraño y desconocido, no dejaba de inquietarlo. Al segundo día se dirigió al tesorero:
v _¿Tesorero, que te ha parecido la propuesta de Azor?
Éste, tras un largo suspiro, contestó:-
v _Mi querido Alcalde, hace muchos años que trabajamos juntos y nunca te había visto en una actitud tan pasiva ante algo. Hace ya dos días que esperaba una opinión tuya sobre esto y ahora tu pides la mía. Pienso que en estos tres días, Azor está preparando la magia que hará desaparecer a la violencia. Únicamente así, puedo comprender su actitud.
v _Pienso igual que tú. Dijo Aztitúz mirando por la ventana de su Despacho. Creo que la magia está en este medallón. Tú me conoces y sabes que me sería muy difícil cometer un acto de maldad contra alguien, pero estoy seguro que de hacerlo, el medallón me lo impediría con una especie de hipnosis o algo así. ¿Tú has debido mirarlo? Le preguntó al tesorero.
v _Bueno, ahora que lo mencionas... El otro día cuando vendí mi auto, recordarás que lo vendía porque tenía un problema en el motor. Bien, le oculté al comprador el problemita para no tener que rebajarle el precio.
Aztitúz lo miró desaprobando su actitud.
v _Bueno ya sé, ha sido una mala actitud de mi parte por haberlo engañado, así que antes de contestarle miré el medallón."-
v _¿Y, que aconteció? - Preguntó ansioso Aztitúz.-
v _En realidad nada. Así que se lo seguí ocultando y pude así venderlo al precio que quería.
v _¡Que extraño! -Dijo Aztitúz sentándose en el sillón un tanto preocupado.–
v _¿No estaremos siendo guiados al ridículo, por un viejo loco?
v _Esperemos al tercer día como dijo Azor. Ahora la suerte está echada y no hay mas que sentarse a esperar los acontecimientos.
El tercer día llegó y a las nueve el pueblo llenaba la Plaza, pero esta vez, Aztitúz no estaba en el balcón, estaba en la Plaza junto a su gente.
Azor apareció en el balcón, miró a la gente y dijo:
v _Veo que cada uno de ustedes lleva el medallón colgado. Así como sé también que han puesto las monedas en las puertas de sus casas. Seguramente durante estos tres últimos días, todos han estado esperando un toque de magia que saliera del medallón y evitara que la violencia que hay en sus almas aflore. No fue así. Y lamento defraudarlos si les digo que tampoco así será. De aquí en más vivirán bajo una regla y un castigo. Las leyes únicamente han servido para ordenar a aquellos que viven en Paz. Aquellos que viven en la violencia, se conducen en la intolerancia y la carencia de respeto, por lo tanto, nunca respetarán las leyes. Así pues debemos primero encontrar la Paz y el único camino, es la tolerancia. De aquí en más tendrán un valor común. Las monedas que han colgado en las puertas de sus casas, les recordarán todos los días al salir de las mismas, que cada uno de ustedes tiene el mismo valor para este pueblo. Tres monedas es lo que le corresponde a cada uno por equidad, ya que es de igual valor el precio en impuestos que pagó cada uno. No siempre es igual al precio que el valor de las cosas.
v La regla será, que cada uno de ustedes, cada vez que intente cometer un acto que atiente en contra de alguno de sus vecinos, está obligado primero a mirar el espejo del medallón, y aquello que pensó hacer al otro, deberá hacerlo primero, a aquel que vea reflejado en el espejo. Quién no cumpliera, como castigo, se verá obligado a colocar dentro del marco de cada puerta y de cada casa del pueblo, una moneda de su propio peculio por cada tres monedas que hubieran dentro de los cuadros.
El murmullo fue creciendo así como la incomprensión. Como podía ser que cada acto violento hubiera que multiplicarlo por dos. Debían hacerlo dos veces Era inconcebible. El tesorero miró a Aztitúz, quién estaba a punto de explotar de rabia. No tuvo tiempo a acercársele, cuando lo vio que se dirigía hacia el balcón del primer piso de la Alcaldía, envuelto en cólera. Aztitúz pensó que Azor estaba totalmente loco y que les había hecho perder todo ese tiempo logrando únicamente desmoralizar a su pueblo. No había magia en el medallón, no había hipnósis, ni monstruos, ni dragones que impedirían que alguien acometiera violentamente contra otra persona. Era una locura. El pueblo entero vio a Aztitúz dirigirse hacia Azor como una locomotora fuera de control y dos metros antes de ser alcanzado, Azor alzó su mano y dijo al Alcalde:
v _¿Alcalde, crees que sea momento de faltar a tu palabra, ahora que puedes comprobar mis enseñanzas?
Aztitúz miró al pueblo, y comprendió que debía mantener su palabra para no defraudar a su gente, luego de eso podría hacer con el viejo aquello que había venido a hacer; echarlo a patadas del pueblo por haberse aprovechado de su ingenuidad. Así que se detuvo y miró el espejo de su medallón.
Lo que se reflejaba era su rostro. Por un instante no comprendió, pero luego recordó las palabras de aquel viejo: “Debéis hacer primero a quién se reflejara en el medallón, aquello que pensasteis hacer al otro”.
¿Pero, como podría pensar Aztitúz en echarse a sí mismo a patadas del pueblo? Jamás haría una cosa así, contra su persona... ¿Pero sería capaz de hacerlo a otra?. ¿Cómo podría llegar a hacer algo, que en realidad, repudiaba hacer?
Entonces se detuvo por completo y comenzaron a temblarle las piernas, mientras que un frío intenso le recorría los huesos. Una enorme sonrisa se dibujó en su rostro. Besó el medallón, se dirigió a Azor mirándolo a los ojos, le acarició el hombro y le habló a su pueblo:
v _Hemos pasado una vida buscando nuestros errores en la casa del vecino. Hoy, al mirar el espejo del medallón, no he visto otra cosa que mi propia imagen impregnada de ira. Una ira producto de la ignorancia y de la intolerancia que provenía únicamente de mi interior. Había encontrado en Azor, una excusa sobre la cual descargar toda la bronca producida por mi propia ceguera, mis desaciertos y mis derrotas. Al verme en ese espejo y recordar la palabra dada a Azor, comprendí que no debía hacer a otro aquello que jamás haría a mí mismo y fue entonces que entendí su mensaje. Pude leer mas allá de su figura y reconocer su sabiduría. La violencia yace dentro de cada uno de nosotros y solamente de nosotros depende que ésta desaparezca. Si soy tolerante, me tolerarán; y regalaré un espacio al diálogo, al entendimiento, a la Paz. Perdimos mucho tiempo llenando el caldero de monedas de oro y para ello hemos vaciado nuestras almas. Pensamos que podíamos sustituir la falta de amor con cosas, a tal punto, que a nuestros niños, también los hemos concebido como cosas que podían llenar nuestros vacíos espirituales. Los invito a pensar, a considerar una nueva existencia basada en el amor. Los invito hoy, de la mano de Azor, a cambiar una vida de precios por otra de valores.
Toda la gente del pueblo emocionada miró su medallón y pudieron ver sus rostros reflejadas en los espejos. Se dieron cuenta que el mensaje de Azor, era que todo aquello que no deseaban para sí, no debía ser deseable para otro. Así que a partir de ese día optaron por amar, para ser amados. Acariciar, para ser acariciados. Respetar, para ser respetados y ante todo ser solidarios para sentirse apoyados.
El pueblo, a partir de entonces, cambió. Y no solo en su forma de vida. La gente había reconocido en aquel viejo que vino de Allaléjos, un alma serena y clara, a la cual había que escuchar y preservar, y comenzaron así a llamarlo, Azor el Sabio.
Una nueva localidad había nacido en el mundo de Acacerca. Una, que había entendido, que el amor tiene un valor y no un precio. Que la felicidad, actuaba a la inversa que las monedas de oro; cuanto más felicidad poseía la gente en el mundo, más felicidad acumulaba uno en el caldero de su alma.
El primer visitante que llegó al pueblo luego de aquella mañana, encontró a un niño sentado en la Plaza, mirando a una pelota que llevaba en su mano.
v _¡Niño! ¿Qué haces con esa pelota? –Preguntó el hombre.
El niño, lanzándole la pelota le contestó:
v _Estamos hablando... Me dijo que hiciera con ella lo que se me Antojara.
v _¡Que locura! –Dijo el hombre- ¿Pero que pueblo es éste?
Y devolvió la pelota al niño.
v _ ¡El Pueblo de Azor, amigo mío! – Contestó al hombre, la pelota.-
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De porqué a Azor, se lo conoce como "el Sabio"...
Mucho antes de la llegada de Azor, el pueblo de Acacerca era muy similar a las ciudades que hoy conocemos.
Era un pueblo en el que todos sus habitantes habían dejado de soñar. La gente , preocupada por su bienestar económico, estaba totalmente dedicada al trabajo y ya no acostumbraba soñar; y menos aún intentaba vivir sus sueños, convencidos que era una forma de perder el tiempo.
v _¿ Para qué desperdiciar el tiempo soñando en cosas que no existen, mientras que la vida pasa y dejamos de hacer aquello que realmente importa? - Decían los ciudadanos.
De lo que no se dieron cuenta fue, que al dejar de lado los sueños, olvidaron también a los niños.
Estos últimos, estaban forzados a comportarse como adultos antes de tiempo y de esa forma, dejaban olvidada su sonrisa entre los apurones y la locura de un montón de horarios y cosas para hacer. Les llenaban el día de tareas que en el pasado se asignaban a los mayores y sin haber tenido tiempo para jugar o para soñar, los niños llegaban a la adultéz olvidando que alguna vez fueron niños.
Estaban convencidos que la alegría provenía de todos los bienes materiales que poseían, y que cuanto antes los obtuvieran, más rápidamente se alcanzaría la felicidad. Paradójicamente, nunca llegaban a satisfacerse puesto que siempre querían más y más; así que los adultos pensaron, que cuanto antes comenzaran a tener, mas rápidamente podrían obtener esa felicidad producto del poseer cosas.
Esto les producía una enorme tristeza que terminaba siempre en violencia. Por cualquier cosa se gritaban, se insultaban y mucha veces llegaban a pegarse. Las leyes se hacían cada vez más rígidas en un fallido intento de reprimir este estallido de violencia que aumentaba día a día, pero no llegaban a disminuir las agresiones. Cada vez habían más y más juicios, querellas y trifulcas callejeras; y cada vez habían más y más leyes. Los jueces trabajaban todo el día sin parar y las cárceles estaban abarrotadas de personas que habían, de una u otra manera, violado alguna ley.
Aztitúz, el Alcalde del pueblo, era una persona sumamente buena que había accedido a ese cargo, a pedido del Comité de Abuelos del Pueblo. Estos, que si habían sido niños, conocían el origen del problema de la violencia. Pero como siempre, no eran escuchados. Si bien la gente estudia y estudia, para saber más y más, pareciera luego no escuchar a aquellos que más han aprendido. La diferencia entre conocimiento condicionado y sabiduría, los abuelos la sabían, y`por ello buscaron un alma bondadosa y noble para que encontrara el camino para alejar a la violencia de su gente.
Pero la bondad de Aztitúz poco podía hacer para solucionar el problema. Fue elegido Alcalde cuando tenía veinte años y al igual que todos en la ciudad no había tenido la oportunidad de ser niño, y es que el problema no era que la gente fuera mala, era que estaba triste e insatisfecha.
Así que un día y comprendiendo que la solución no podía provenir de ninguno de ellos, con la aprobación de la Asociación de Abuelos, convocó a un gran concurso. Se otorgaría como recompensa un caldero lleno de monedas de oro a aquella persona que encontrara la manera de eliminar definitivamente la violencia que se había apoderado de su pueblo.
Fue imponente la cantidad de propuestas que se recibieron, así como fue un trabajo muy arduo seleccionar todas las cartas que llegaban con las diferentes ideas. De manera que optaron por clasificarlas por la similitud que tenían en cuanto al planteo. Esa fue una muy buena solución de parte de Aztitúz, quién siempre se preocupaba por ser lo más equitativo posible. De esta forma podían saber cual era la idea mayoritaria, en cuanto al sistema que debería aplicarse y así, se podría seleccionar aquella que tuviera la mayor cantidad de adeptos posible.
Pero la variedad era tal, que se hacía difícil tomar una decisión.
Estaban aquellos que opinaban, había que redactar leyes con penas aún más severas.
Otras, que culpaban a la cantidad de armas que tenía la gente en su poder y opinaban que debían quitarlas de circulación.
Algunos pensaban que debían amputarle un dedo a toda persona que cometiera un acto delictivo y que cuanto mas grave fuera éste, mayor debiera ser la cantidad de dedos a cortar.
Así, una gran variedad de propuestas que seducidas por el gran premio que se ofrecía, llenaban la enorme mesa de la Sala de Reuniones de la Alcaldía.
Aztitúz se sentó en su sillón y comenzó a contemplar la montaña de cartas, mientras pensaba como hacer para elegir la propuesta correcta. Se quedó un tiempo inmóvil mirando la mesa y se dio cuenta que en un rincón, había un sobre que estaba separado del resto y no tenía compañero. Entonces le dijo al tesorero, quién lo había ayudado en la selección:
v _Mira, allí te quedó una carta sin ordenar.
v _Está ordenada. - Contestó el tesorero.– Es una propuesta diferente al resto.
v _Bueno, entonces no deberíamos considerarla, puesto que no concuerda con ninguna otra. Por lo tanto, no contará con mucho apoyo de la gente.
v _Yo pensé lo mismo. - Dijo el tesorero.– Pero no la eliminé, ya que en ésta propuesta en particular, no reclamarían el caldero lleno de monedas de oro.
Aztitúz, lo miró un poco sorprendido y le dijo:
v _ Pero bueno, ese no es motivo para seleccionar a nadie. La finalidad de esta convocatoria es terminar con la violencia del pueblo, no quedarnos con el caldero.
v _Sí, es cierto lo que dices, pero como tesorero de este pueblo creo que debemos considerar que si esta propuesta fracasa, contaríamos con el caldero para ofrecerlo nuevamente en busca de la opción acertada. Y por otra parte, si esta fuera la acertada, hasta nos quedaríamos con el caldero, ahorrándole al pueblo una buena cantidad de dinero.
v _No estás pensando mal amigo tesorero. Y dime. ¿A quién pertenece esa propuesta?
v _A un tal, Azor, la remite desde el pueblo de Allaléjos.
v _Bueno, siendo así y sin mucho tiempo para perder, cítalo a mi Despacho lo antes posible y comenzaremos por él.
Azor llegó al pueblo en el autobús de las cuatro de la tarde. Al bajar, se dirigió a uno de los conductores que esperaba su turno para salir en su recorrido diario y le preguntó, en dónde quedaba la Alcaldía, a lo que este contestó:
v _En la Plaza Mayor.
v _Ah! - Dijo Azor.- _ Y dígame buen hombre. ¿En dónde queda esa Plaza Mayor?
v _En el centro. - Le contestó el chofer.-
v _ Ah! ¿Y sería mucho pedir que me explique cómo llegar hasta ese centro?
v _ En taxi.” – Sin siquiera mirarlo.-
v _Ah! Disculpe la molestia.” -Dijo Azor palmeándole el hombro.-
Se dirigió hasta la puerta de la terminal de autobuses donde habían dos chicos con uniforme de liceales fumando un cigarrillo.
v _Disculpen chicos, ustedes me pueden indicar cómo puedo llegar hasta la Plaza Mayor.
v _¿A lo que? -Le contestó uno de ellos atorándose con el humo que había aspirado.-
v _¡A la Plaza Mayor!. Insistió Azor.
v _No se cuál es esa Plaza, viejo. -Le replicó el mismo chico, recuperándose de la tos.-
v _Es aquella en donde está la Alcaldía.
v _Ah! La Plaza de la fuente. Y... tómate un taxi que va a ser lo mas rápido.
v _No busco lo más rápido. Busco llegar hasta la Plaza Mayor.
v _Y bueno, pégale derecho por la doble. Aquella, muere justo en la Plaza.
v _ Ah! Muchas gracias chicos.
Tomó entonces la Avenida doble que le indicaron y durante la caminata, Azor tuvo la oportunidad de ir descubriendo a otros ciudadanos y logró entender la preocupación del Alcalde y el porqué estaba dispuesto a dar una gran riqueza a quién alejara la violencia de las personas.
Pasó por un almacén donde dos policías tenían sujeto a un individuo que había intentado robar la máquina registradora del establecimiento. A su lado dos señoras comentaban.
v _ ¡Y si! Con la miseria que hay, la gente no encuentra otra opción que robar. El hambre es tal en el pueblo, que se ha llegado a los límites de la desesperación. Fíjate este hombre, como él dice, tuvo que salir a robar por hambre, por necesidad.
Azor un tanto confundido les preguntó:
v _¿Y si tenía hambre, porque no robó comida? ¿Acaso la plata aquí la comen?
v _¡Nooo! -Exclamó una de ellas.– _¡Qué cosas dice! Aquí la plata no se come, pero sin plata, no se puede hacer nada.
v _Ah!. -Dijo Azor.-
Siguió caminando y se topó con dos individuos que discutían en una esquina, por un lugar para estacionar sus coches.
Esto desconcertó a Azor, ya que veía que unos diez metros adelante, había lugar para tres coches más, así que les preguntó:
v _Disculpen señores. ¿Porque discuten si unos metros mas adelante hay lugar para tres coches?.
v _¿Y usted que se mete, viejo?. -Le contestaron casi al unísono-.
v _No es mi intención meterme en ningún lado, únicamente quería compartir con vosotros, aquello que estoy viendo.
v _¿Y quién te preguntó algo?
v _Ah! -Dijo Azor y siguió su camino.-
Se topó con un niño que llevaba una pelota en la mano y le preguntó:
v _Disculpa niño. ¿Me falta mucho para llegar a la Plaza Mayor?
v _No. Unas seis cuadras más o menos. - Le contestó el chico.-
v _Veo que vas a jugar a la pelota en alguna plaza de aquí cerca. – Le comentó Azor.-
v _No. No tengo tiempo para esas cosas. -Contestó el niño como algo obvio.– _Ahora voy a clases de inglés, luego a computación, a las ocho tengo karate y después debo ir a casa a hacer la tarea para el liceo.
Mirando la pelota, Azor le preguntó.
v _ ¿Y que haces con esa pelota en la mano?
v _La encontré en el suelo y no se porqué pero la llevo en la mano.
Azor intentó tomar la pelota y el chico, con un rápido movimiento casi instintivo, la ocultó debajo de su chaqueta.
v _¿Y si no sabes que hacer con ella, porqué entonces no la tiras? -Dijo Azor mirándolo a los ojos.-
v _No sé, es como si la tuviera pegada a la mano.-
v _¿No será, tal vez, que te está queriendo decir algo?
v _Las pelotas no hablan. -Dijo el chico , inclinando la cabeza en un gesto casi compasivo.-
Y tomando Azor su bolso, le dijo al chico:
v _No siempre todo es una carencia del otro. Tal vez seas tú, el que no la escucha.
Y prosiguió su camino a la Alcaldía.
Cuando llegó a la Plaza Mayor, se tomó unos minutos antes de entrar a la Alcaldía. Miró a su alrededor, se sentó en la única piedra que había en la Plaza y recordó una tarde de verano, hacía ya treinta años, en Plaza principal del Pueblo de Allaléjos, bajo la gran Acacia. Quería asegurarse de estar haciendo lo correcto . Recordó el trayecto de la Terminal hasta la Plaza. La indiferencia y la agresividad de la gente. La incomprensión ante la miseria humana y al niño con la pelota. En ese mismo momento, el niño pasaba caminando por la vereda del frente, al tiempo que hacía rebotar la pelota contra el suelo... Sonreía. Un señor mayor lo reprendió duramente por jugar en la vereda con la pelota. Azor se incorporó, y se dirigió al Edificio de la Alcaldía.
Cuando Aztitúz vio a Azor entrar a su Despacho, sintió un enorme cariño por ese personaje maduro que le entibió el alma, pero al mismo tiempo se preguntó:
¿Cómo una persona de apariencia tan frágil, podría llevar a cabo tan dura tarea?
Extendió su mano y dijo:
v _Buenas tardes Señor Azor, yo soy Aztitúz, el Alcalde de éste pueblo.
v _Buenas tardes Señor Alcalde, yo soy Azor, al que usted a convocado.
v _Tome asiento por favor. - Convidó gentilmente Aztitúz.-
v Seré muy franco con usted. –Dijo hablando con actitud de Alcalde.–
v _De todas las cartas que hemos recibido la suya ha sido diferente. Casi hemos perdido la esperanza de lograr que nuestro pueblo vuelva a ser lo que fue alguna vez, por esto, optamos por su propuesta que nos permite, en el caso que usted fallara, no perder el tesoro del pueblo. ¿Usted aclara en la misma, que no desea quedarse con el caldero, verdad?
v _Así lo he escrito y bien usted lo ha dicho señor Alcalde, las monedas de oro quedarán en poder de sus dueños, es decir, de su pueblo.
v _¿Y... cual sería su recompensa? -Preguntó Aztitúz un tanto desconfiado.-
v _¿Y cual sería la suya? -Contestó Azor.-
v _Bueno. - Dijo Aztitúz reacomodándose en su silla.– _Yo seré recordado como el Alcalde que libró al pueblo de la violencia, que es mucha honra. ¿Pero usted?
v _Yo podré compartir el mundo con más niños, lo cuál, también es mucha honra.
v _No lo entiendo. -Dijo Aztitúz, con gesto de duda.-
v _Soy yo, quién no entiende. -Azor se levantó de su silla y se acercó a Aztitúz.– El sabio, reconoce que la honra, en estos casos, no debe jamás provenir del pueblo. No es de sabio solucionar problemas. De sabio es, reconocerlos antes que estos aparezcan. Así como es sabio también, diferenciar los tiempos de aprender, de aquellos tiempos de saber. Y en esto último, usted ha demostrado sabiduría.
Aztitúz quedó mirando a Azor por un tiempo sin decir una palabra. Sabía que aún no había podido entender aquello que ese forastero había querido decirle, sin embargo sentía que podía confiar en aquel extraño personaje. Para no dejar en evidencia su perplejidad, preguntó rápidamente:
v _¿ Y cómo piensa usted iniciar su labor ?
v _Bueno, al citarme aquí espero hayan ganado tiempo confeccionando los medallones que les detallé en mi propuesta.
v _Si claro. - Contestó el Alcalde algo recuperado.– _Hemos mandado a hacer, como usted lo solicita en el escrito, un medallón para cada habitante del pueblo, con sus iniciales delante y un espejo en la parte posterior. Y para mañana a las nueve de la mañana, todo el pueblo está citado en forma obligatoria, a concurrir a la Plaza Mayor para ponerse al tanto de aquello que habrán de hacer. ¿Le parece bien?
v _Más de lo que podría yo esperar mi estimado Alcalde. Ahora, si tuviera la gentileza de indicarme en donde me alojaré, aprovecharía para descansar un poco, ya que he tenido un día muy agotador por el viaje y mañana deseo estar descansado para comenzar el día.
v _Tiene razón mi amigo, yo haré lo mismo.
Y levantándose juntos, Aztitúz lo llevó hacia los dormitorios que quedaban dentro del edificio de la misma Alcaldía.
A la mañana siguiente y a las nueve horas, tal como fue indicado, todos los habitantes del pueblo concurrieron a la Plaza Mayor. No faltó nadie, hasta los enfermos que podían ser trasladados en sus camillas asistieron. Esta concurrencia fortaleció la esperanza de Azor, que había quedado un tanto desmoralizado luego de la experiencia que había tenido el día anterior. Esa noche, pensando en la caminata, había podido comprobar que no era una estrategia política del Alcalde para lograr algún beneficio propio, el promover un pueblo de sómbis preocupados únicamente en el enriquecimiento material. Y toda esta gente, que ahora estaba en la Plaza, confirmaba que eran conscientes del mal que les aquejaba y que no querían seguir viviendo de esa manera. Esto lo llenó de energía. Sabía que no hay peor ciego que aquel que no quiere ver y este, no era el caso.
El primero en asomarse al balcón del primer piso de la Alcaldía fue Aztitúz, quién vistiendo sus mejores galas de Alcalde se dirigió a su pueblo diciendo:
v _ Querido pueblo. Hoy no me dirijo a ustedes como su Alcalde. Hoy me coloco junto a ustedes para comenzar la recuperación de la Paz y la armonía de nuestro pueblo. Esa paz ya conocida por nuestros abuelos, que hoy nos acompañan y que queremos, no quede como una anécdota más para adornar los cuentos que nos transmiten. Hoy, simplemente les hablo desde este balcón para presentarles a Azor, quién ha venido del pueblo de Allálejos, por haber sido seleccionado entre todas las propuestas recibidas. A partir de este momento, todos, incluyéndome, daremos nuestra palabra de honor y juramos obedecer y respetar las palabras de Azor como lo hemos hecho con las Leyes. Asimismo, daremos a él nuestro apoyo incondicional con la finalidad de recuperar la Paz.
Una lluvia de aplausos invadió la Plaza al momento que Aztitúz invitaba a Azor, a tomar la palabra.
v _Ciudadanos de este pueblo, yo no les traigo la Paz, únicamente les he de mostrar en donde la han ocultado. En ustedes quedará el recuperarla como estado de sus almas. Solo habré de pedirles tres cosas. En la puerta de la Alcaldía se les hará entrega de un medallón en cuyo frente se han grabado las iniciales de sus nombres y en el reverso, se ha colocado un espejo. Deben llevarlo puesto siempre y sea a donde sea que vallan. Sin engañarse, cada ves que sientan el impulso de cometer un acto que pudiera perjudicar al prójimo, deberán mirar primero el reverso del medallón. Solo eso. También recibirán junto con el medallón, tres monedas de oro. Estas monedas pertenecen al caldero que fue prometido como premio en esta convocatoria y que ha sido distribuido equitativamente entre cada habitante del pueblo. Estas monedas, las cuales no podrán ser utilizadas bajo ningún concepto, deberán colocarlas dentro de un marco y colgarlas de la puertas de sus casas, a la vista de todos. Pasados tres días y a esta misma hora, nos reuniremos nuevamente en esta Plaza. Gracias por su presencia.
Se dio una media vuelta y se perdió en los salones de la Alcaldía.
La gente, un tanto perpleja, en un mar de murmullos, fue pasando por la puerta de la Alcaldía donde se les iba entregando el medallón junto con las monedas de oro. Todos miraban perplejos el medallón. Algunos lo frotaban, otros lo bendecían o lo besaban y estaban aquellos que lo perfumaban con esencias extrañas. Manteniendo la palabra dada a través del Alcalde, todos colgaban el medallón de sus cuellos y durante los tres días siguientes, fue el deber asumido por cada uno, verificar si el que pasaba a su lado lo llevaba también puesto. Así con las monedas recibidas, las cuales fueron debidamente enmarcadas y colgadas de las puertas de las casas.
Estos tres días transcurrieron en la mas absoluta normalidad y Azor, se había dedicado únicamente a leer en su dormitorio, saliendo solamente para comer e ir al baño.
Aztitúz tenía una fe que no sabía de dónde había salido, pero lo cierto era que la tenía, y ese personaje algo extraño y desconocido, no dejaba de inquietarlo. Al segundo día se dirigió al tesorero:
v _¿Tesorero, que te ha parecido la propuesta de Azor?
Éste, tras un largo suspiro, contestó:-
v _Mi querido Alcalde, hace muchos años que trabajamos juntos y nunca te había visto en una actitud tan pasiva ante algo. Hace ya dos días que esperaba una opinión tuya sobre esto y ahora tu pides la mía. Pienso que en estos tres días, Azor está preparando la magia que hará desaparecer a la violencia. Únicamente así, puedo comprender su actitud.
v _Pienso igual que tú. Dijo Aztitúz mirando por la ventana de su Despacho. Creo que la magia está en este medallón. Tú me conoces y sabes que me sería muy difícil cometer un acto de maldad contra alguien, pero estoy seguro que de hacerlo, el medallón me lo impediría con una especie de hipnosis o algo así. ¿Tú has debido mirarlo? Le preguntó al tesorero.
v _Bueno, ahora que lo mencionas... El otro día cuando vendí mi auto, recordarás que lo vendía porque tenía un problema en el motor. Bien, le oculté al comprador el problemita para no tener que rebajarle el precio.
Aztitúz lo miró desaprobando su actitud.
v _Bueno ya sé, ha sido una mala actitud de mi parte por haberlo engañado, así que antes de contestarle miré el medallón."-
v _¿Y, que aconteció? - Preguntó ansioso Aztitúz.-
v _En realidad nada. Así que se lo seguí ocultando y pude así venderlo al precio que quería.
v _¡Que extraño! -Dijo Aztitúz sentándose en el sillón un tanto preocupado.–
v _¿No estaremos siendo guiados al ridículo, por un viejo loco?
v _Esperemos al tercer día como dijo Azor. Ahora la suerte está echada y no hay mas que sentarse a esperar los acontecimientos.
El tercer día llegó y a las nueve el pueblo llenaba la Plaza, pero esta vez, Aztitúz no estaba en el balcón, estaba en la Plaza junto a su gente.
Azor apareció en el balcón, miró a la gente y dijo:
v _Veo que cada uno de ustedes lleva el medallón colgado. Así como sé también que han puesto las monedas en las puertas de sus casas. Seguramente durante estos tres últimos días, todos han estado esperando un toque de magia que saliera del medallón y evitara que la violencia que hay en sus almas aflore. No fue así. Y lamento defraudarlos si les digo que tampoco así será. De aquí en más vivirán bajo una regla y un castigo. Las leyes únicamente han servido para ordenar a aquellos que viven en Paz. Aquellos que viven en la violencia, se conducen en la intolerancia y la carencia de respeto, por lo tanto, nunca respetarán las leyes. Así pues debemos primero encontrar la Paz y el único camino, es la tolerancia. De aquí en más tendrán un valor común. Las monedas que han colgado en las puertas de sus casas, les recordarán todos los días al salir de las mismas, que cada uno de ustedes tiene el mismo valor para este pueblo. Tres monedas es lo que le corresponde a cada uno por equidad, ya que es de igual valor el precio en impuestos que pagó cada uno. No siempre es igual al precio que el valor de las cosas.
v La regla será, que cada uno de ustedes, cada vez que intente cometer un acto que atiente en contra de alguno de sus vecinos, está obligado primero a mirar el espejo del medallón, y aquello que pensó hacer al otro, deberá hacerlo primero, a aquel que vea reflejado en el espejo. Quién no cumpliera, como castigo, se verá obligado a colocar dentro del marco de cada puerta y de cada casa del pueblo, una moneda de su propio peculio por cada tres monedas que hubieran dentro de los cuadros.
El murmullo fue creciendo así como la incomprensión. Como podía ser que cada acto violento hubiera que multiplicarlo por dos. Debían hacerlo dos veces Era inconcebible. El tesorero miró a Aztitúz, quién estaba a punto de explotar de rabia. No tuvo tiempo a acercársele, cuando lo vio que se dirigía hacia el balcón del primer piso de la Alcaldía, envuelto en cólera. Aztitúz pensó que Azor estaba totalmente loco y que les había hecho perder todo ese tiempo logrando únicamente desmoralizar a su pueblo. No había magia en el medallón, no había hipnósis, ni monstruos, ni dragones que impedirían que alguien acometiera violentamente contra otra persona. Era una locura. El pueblo entero vio a Aztitúz dirigirse hacia Azor como una locomotora fuera de control y dos metros antes de ser alcanzado, Azor alzó su mano y dijo al Alcalde:
v _¿Alcalde, crees que sea momento de faltar a tu palabra, ahora que puedes comprobar mis enseñanzas?
Aztitúz miró al pueblo, y comprendió que debía mantener su palabra para no defraudar a su gente, luego de eso podría hacer con el viejo aquello que había venido a hacer; echarlo a patadas del pueblo por haberse aprovechado de su ingenuidad. Así que se detuvo y miró el espejo de su medallón.
Lo que se reflejaba era su rostro. Por un instante no comprendió, pero luego recordó las palabras de aquel viejo: “Debéis hacer primero a quién se reflejara en el medallón, aquello que pensasteis hacer al otro”.
¿Pero, como podría pensar Aztitúz en echarse a sí mismo a patadas del pueblo? Jamás haría una cosa así, contra su persona... ¿Pero sería capaz de hacerlo a otra?. ¿Cómo podría llegar a hacer algo, que en realidad, repudiaba hacer?
Entonces se detuvo por completo y comenzaron a temblarle las piernas, mientras que un frío intenso le recorría los huesos. Una enorme sonrisa se dibujó en su rostro. Besó el medallón, se dirigió a Azor mirándolo a los ojos, le acarició el hombro y le habló a su pueblo:
v _Hemos pasado una vida buscando nuestros errores en la casa del vecino. Hoy, al mirar el espejo del medallón, no he visto otra cosa que mi propia imagen impregnada de ira. Una ira producto de la ignorancia y de la intolerancia que provenía únicamente de mi interior. Había encontrado en Azor, una excusa sobre la cual descargar toda la bronca producida por mi propia ceguera, mis desaciertos y mis derrotas. Al verme en ese espejo y recordar la palabra dada a Azor, comprendí que no debía hacer a otro aquello que jamás haría a mí mismo y fue entonces que entendí su mensaje. Pude leer mas allá de su figura y reconocer su sabiduría. La violencia yace dentro de cada uno de nosotros y solamente de nosotros depende que ésta desaparezca. Si soy tolerante, me tolerarán; y regalaré un espacio al diálogo, al entendimiento, a la Paz. Perdimos mucho tiempo llenando el caldero de monedas de oro y para ello hemos vaciado nuestras almas. Pensamos que podíamos sustituir la falta de amor con cosas, a tal punto, que a nuestros niños, también los hemos concebido como cosas que podían llenar nuestros vacíos espirituales. Los invito a pensar, a considerar una nueva existencia basada en el amor. Los invito hoy, de la mano de Azor, a cambiar una vida de precios por otra de valores.
Toda la gente del pueblo emocionada miró su medallón y pudieron ver sus rostros reflejadas en los espejos. Se dieron cuenta que el mensaje de Azor, era que todo aquello que no deseaban para sí, no debía ser deseable para otro. Así que a partir de ese día optaron por amar, para ser amados. Acariciar, para ser acariciados. Respetar, para ser respetados y ante todo ser solidarios para sentirse apoyados.
El pueblo, a partir de entonces, cambió. Y no solo en su forma de vida. La gente había reconocido en aquel viejo que vino de Allaléjos, un alma serena y clara, a la cual había que escuchar y preservar, y comenzaron así a llamarlo, Azor el Sabio.
Una nueva localidad había nacido en el mundo de Acacerca. Una, que había entendido, que el amor tiene un valor y no un precio. Que la felicidad, actuaba a la inversa que las monedas de oro; cuanto más felicidad poseía la gente en el mundo, más felicidad acumulaba uno en el caldero de su alma.
El primer visitante que llegó al pueblo luego de aquella mañana, encontró a un niño sentado en la Plaza, mirando a una pelota que llevaba en su mano.
v _¡Niño! ¿Qué haces con esa pelota? –Preguntó el hombre.
El niño, lanzándole la pelota le contestó:
v _Estamos hablando... Me dijo que hiciera con ella lo que se me Antojara.
v _¡Que locura! –Dijo el hombre- ¿Pero que pueblo es éste?
Y devolvió la pelota al niño.
v _ ¡El Pueblo de Azor, amigo mío! – Contestó al hombre, la pelota.-
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domingo 28 de noviembre de 2010
Carátula
El Mundo de Azor
Primera parte
De MarzioGirola
_Papá...
Quiero dar la vuelta al mundo
volando como una paloma.
_ ¡ Házlo!
Y no dejes jamás de hacerlo.
Pero comienza ahora,
antes que olvides
cómo volar....
A mis dos alas: Mathías y Natalia...
Primera parte
De MarzioGirola
_Papá...
Quiero dar la vuelta al mundo
volando como una paloma.
_ ¡ Házlo!
Y no dejes jamás de hacerlo.
Pero comienza ahora,
antes que olvides
cómo volar....
A mis dos alas: Mathías y Natalia...
Prólogo
Prólogo
...He estado metido en el peculiar mundo poético de Marzio. Es un poco difícil para uno volver a la... ¿realidad? después de haberse comprometido, línea a línea, pensamiento tras pensamiento, con ese ideario que él nos propone.
El tema encuentra, desde luego, mi simpatía, desde que tuve la fortuna de no olvidar mi propia niñez. En ella, por cierto, no faltaron el desamor, la angustia... también el horror a veces, pero... algo me asistió, como para poder soñar, a pesar de todo, como para seguir tallando maderitas de sauce que "robaba" de las verdulerías o de la feria de mi barrio, para construir mi inmensa flota de bergantines, fragatas y galeones. Tuve la fortuna de andar por allí, con el alma en puntas de pie, a la carrera tras una pelota de trapo, procurando no molestar, no interrumpir la maravilla que mis ojos de niño eran capaces de ver, en medio de tanta soledad, aún en el exacto centro de la mugre.
Gracias, amigo Marzio, por no haberte olvidado.
Carlos McGough.
...He estado metido en el peculiar mundo poético de Marzio. Es un poco difícil para uno volver a la... ¿realidad? después de haberse comprometido, línea a línea, pensamiento tras pensamiento, con ese ideario que él nos propone.
El tema encuentra, desde luego, mi simpatía, desde que tuve la fortuna de no olvidar mi propia niñez. En ella, por cierto, no faltaron el desamor, la angustia... también el horror a veces, pero... algo me asistió, como para poder soñar, a pesar de todo, como para seguir tallando maderitas de sauce que "robaba" de las verdulerías o de la feria de mi barrio, para construir mi inmensa flota de bergantines, fragatas y galeones. Tuve la fortuna de andar por allí, con el alma en puntas de pie, a la carrera tras una pelota de trapo, procurando no molestar, no interrumpir la maravilla que mis ojos de niño eran capaces de ver, en medio de tanta soledad, aún en el exacto centro de la mugre.
Gracias, amigo Marzio, por no haberte olvidado.
Carlos McGough.
Primera parte
Primera parte
Abi y el Pergamino.-
Recuerdo siempre cuando éramos niños y solíamos juntarnos para soñar con lo que llegaríamos a ser de grandes. Había astronautas, pilotos de avión, enfermeras, y una gran cantidad de bomberos. Como si tan solo con imaginarlo, los deseos se hicieran realidad.
Cuando comencé a asistir a la escuela, se esmeraron en mostrarme que para ser lo que yo quisiera ser, debería aprender un montón de cosas y pasar largas horas asimilando cuantiosa información. Los sueños se fueron desvaneciendo olvidados bajo el peso de los horarios repletos de actividades. En las escasas ruedas de sueños, comenzaron a desaparecer los bomberos y se multiplicaron los abogados, contadores y políticos. Comenzábamos a preocuparnos por el beneficio económico que nos aportaría nuestra actividad profesional.
Hoy, intento recordar el niño que alguna vez fui. Aquel que se borró de mi memoria. El eterno olvidado bajo los escombros de un alud de información y conocimientos, que sepultaron el pensamiento individual. Esa capacidad de poder vivir los sueños, la alegría de correr desnudo, el gozo de amar sin prejuicios, sin inhibiciones, con la única finalidad de vivir cada segundo.
Comencé así a contemplar a los niños de una escuela que se encuentra cerca de mi casa, durante la media hora en la que disfrutaban jugando en el patio del recreo, por que ellos cuando juegan viven sus sueños; y a través de éstos se empapan de alegría. Comparten sus emociones en un mundo donde el tiempo aún no tiene precio.
Recordé cuando creía vivir en una sociedad tolerante, y hasta tal vez, justa. No justa en referencia a un equitativo reparto de haberes, ya que en esa época, únicamente se hacía referencia al sentido del ser; el tener fue inculcado luego, con la inserción en la vida ciudadana. Me refería a justa, en cuanto a recibir todo aquello que como niño daba.., es decir, alegría. Pero aún era inocente, confiaba y amaba a mis mayores y deseaba ser como eran ellos. Los que a su vez también fueron alguna vez niños que amaron y confiaron en sus mayores y quisieron ser como fueron estos otros…pero tan prematuramente, que olvidaron como sentían cuando fueron pequeños. Por ello no pudieron entenderme cuando fui niño, ya que esa información, se nos borra en alguna parte de nuestra programación adulta.
Miraba a esos chicos como si fueran pequeñas estrellas fugaces que desaparecerían en un instante de la faz de la Tierra. Y es que si alguna vez fuimos niños, y seguro que lo fuimos... ¿Dónde quedó eso que fuimos? ¿Por qué sostenemos que ser adulto, implica negar la inocencia o la ternura que podemos llevar dentro? ¿Qué tanto podemos menospreciar al niño, que cada vez más, queremos que sea un adulto antes de tiempo?
En una de esas tardes, cuando el Otoño ya se había instalado para colorear las aceras de ocres, carmines y amarillos, y las lloviznas se hacían acompañantes cotidianas de las mañanas, se acercó a mi Damián, un pequeño de ocho años, sumamente inquieto, que raras veces pude verlo sentado o inmóvil durante esos recreos. Me miró fijo por un momento, y antes que pudiera saludarlo, me preguntó:
_ ¿Tu eres Azor?
_¿Por qué lo preguntas? -Le dije un tanto asombrado.
_Es que siempre te veo sentado en la plaza mirándonos.
_Eso se debe, a que disfruto viéndolos jugar.
_¡Ahhh..! –Exclamó colocando sus dos manos sobre la cabeza.- Pensé que venías a enseñarnos cómo teníamos que hacer, para no olvidar el Pueblo de Acacerca. Mi abuela dice, que cuando crecemos, olvidamos el mundo de Azor. Así que estamos esperando al amigo que crezca, y al hacerlo, no olvide como fue ser niño. Pensé que eras tú y que venías a eso.
Se dio una media vuelta, y regresó a jugar con sus compañeros de clases.
Quedé sorprendido con las palabras de ese chico. No era otra cosa que aquello que había estado pensando en todos los días que pase allí sentado, mirándolos en el patio del recreo. Llegué a dudar de mí mismo. A suponer, que alguna vez hubiese hablado con Damián diciéndole lo que pensaba. Pero no. Estaba seguro de no haber hablado jamás con él. Además, Acacerca y Azor, eran nombres sobre los cuales nunca había escuchado hablar. No sabía ni que existían.
Quedé algo desconcertado y con ganas de preguntarle algo más sobre lo que me había dicho. Así que busqué la manera de hablar con el.
El sábado siguiente se festejaba en la escuela el día del Abuelo. Todos los niños asistieron acompañados por sus abuelos, para rendirles un homenaje mediante un acto que se realizaba en el gimnasio. Se estrenaron obras de teatro, se cantaron canciones y por último, convidaron a los abuelos con empanadas y refrescos.
Fue entonces, que conocí a Abi.
_¡Mira Abi. Ese es el hombre del que te hablé! – Le dijo Damián a su abuela, señalándome con el dedo índice de su mano cuando salían de la fiesta.
Con su cabello blanco bien acomodado y un bastón en su mano izquierda, no se veía muy diferente a todas las demás abuelas. Caminó hacia mi de la mano de Damián y al acercarse, un resplandor tibio marcó una diferencia con el resto. Rodeados por una suave piel blanca repujada por sabias arrugas que acusaban su longevidad, descansaban dos inmensos ojos celestes que poseían la profundidad del cielo. Mirarlos, era zambullirse en un Universo pleno de historias y cuentos sin fin, que invitaban a no regresar jamás. En ellos había algo más que una mirada, se sentía el calor del amor puro que emana únicamente desde la sabiduría.
_Buenas tardes. –Dijo estirando su mano. _ Me llamo Abi y soy la abuela de Damián.
_Encantado señora, mi nombre es Oizram . –Y la saludé estrechando su mano.
_Damián me ha dicho que usted pasa mucho tiempo observando a los niños cuando juegan en el patio del recreo.
_Si, es cierto. – Contesté algo intimidado por su presencia.
_ Es extraño que un hombre pase gran parte de su tiempo mirando a los niños mientras juegan.
_ Bueno.., es distinto. La mayoría de los hombres pasan largas horas mirando a otros hombres jugar. Esos juegos de adultos, poseen un estímulo de competencia con un único motivador, el dinero. Prefiero ver jugar a los niños ya que estos hacen de cada juego, la realización de un sueño.
_¿Y cual es la diferencia? -Preguntó Abi, mientas bajaba un escalón del patio de salida.
_ Es que al soñar, los niños se hacen verdaderos individuos. Se sienten auténticos y transitan por el mundo de la alegría. Viven sus aventuras, sus fantasías; alimentan su espíritu y refuerzan su necesidad de trascendencia. Los juegos de los adultos son únicamente competitivos, juegan solo para ganar; y en el equilibrio del Universo de sus juegos, siempre queda un cincuenta por ciento que vive de la frustración de no haber obtenido el premio final, ya que el juego en sí, no existe. Cuando veo a los chicos jugar me contagian su felicidad y me muestran la simpleza de la vida. Aquello que lamentablemente olvidamos debajo del asiento del tren del tiempo.
Abi me envolvió con su mirada, y sentí un abrazo fraterno que cubrió mi alma.
_¿Y usted, a que se dedica? –Me preguntó.
_Soy escritor. O al menos, intento serlo.
Miró a Damián y sonrió. Luego tomó mi mano, y señalando hacia la esquina, dijo:
_ Tenemos en casa esperándonos, un rico chocolate casero. Si gusta, puede ser nuestro invitado. Vivo aquí cerca, a dos cuadras. Por esta misma acera. ¿Qué opina? -Formuló la pregunta iniciando el camino hacia su casa.
_Sería un placer acompañarlos. –Contesté sin titubear.
Le ofrecí mi brazo para que se apoyara y los tres caminamos hacia la casa de Abi...
Era una casa pequeña, con techo de tejas a dos aguas, rodeada por un hermoso jardín muy bien cuidado y un sauce inmenso, que descansaba cerca de la puerta de entrada, llenando de sombra el alero del pórtico. Un aroma a madreselvas y jazmín de enredadera, envolvieron mi olfato mientras que Abi giraba la llave en la cerradura de la puerta. Detrás de ésta, un solo ambiente hacía de estar y cocina, separado por una gran mesada de granito rojo. Sobre una de las hornillas de la cocina, una olla de cobre muy lustrada, guardaba un chocolate casero que aún tibio, nos esperaba. La mesa estaba preparada con una canastilla de mimbre repleta de galletas caseras de canela y nueces. En el centro, un arreglo de flores cortadas del propio jardín, coronaban la escena. El aroma que esta conjunción producía, se transformaba en una poción mágica. Esa mezcla de jazmines, madreselvas, chocolate y canela; daba la sensación de estar en un cuento encantado, de aquellos que nos contaba la abuela, las tardes de lluvia frente a la estufa encendida.
_Siéntate Oizram, por favor, no hagas cumplido. Mientras tanto, voy calentando el chocolate. –Dijo Abi.
Tomé un lugar a la mesa, a la vez que Damián comenzaba a comer las galletas. La tentación me inducía a acompañar a Damián, pero mi educación, hizo que esperara a que Abi se sentara con nosotros.
Trajo la olla, la que apoyó sobre un grueso madero antiguo y comenzó a servir el chocolate utilizando un cucharón de mango de madera y cuchara de cobre.
Damián bebió su taza de un solo sorbo, se llenó los bolsillos de galletas y desapareció por la puerta del fondo.
_¿Pensé que los adultos ya se habían olvidado de los niños? –Dijo Abi, mientras servía mi taza de chocolate.
_¿Porque dice eso?
_Por lo que tu has dicho antes. Que habías olvidado lo sencilla que era la vida.
_Pero no es que hayamos olvidado a los niños. Es que olvidamos como sentíamos, cuando éramos niños.
_Y es por eso, que los olvidamos a ellos.
_No la comprendo Abi.
_Es sencillo. En las mañanas, cuando paso por la escuela a ver a Damián, me dedico a observar como llegan los niños al colegio. Mi hija por ejemplo, llega con la camioneta y baja a Damián con su mochila, su campera, el bolso con el equipo de gimnasia y la heladerita con la vianda del almuerzo. Parecen verdaderas mudanzas. Desde las ocho de la mañana hasta las doce y treinta, asisten a clases. De doce y treinta, a trece y treinta horas, tienen media hora para almorzar e inmediatamente tienen un recreo. De trece y treinta a dieciséis, asisten a clases de ingles y luego, deportes varios.
_¡Y está bien!. –La interrumpí mientras tomaba una galleta. _ En realidad, tienen todo el día ocupado con distintas actividades. Deben dar gracias de tener la oportunidad de poder asistir a un colegio que les brinda tantas opciones. Estudian, aprenden otros idiomas y hacen deportes.
_Sí. – Dijo Abi revolviendo su taza. _ Y a las cuatro de la tarde los llevan al club, o al psicólogo, dentista, pediatra, computación, piano, guitarra y sabe Dios cuantas cosas más.
_Abi.. ¿Adonde quiere llegar? Le pregunté, intuyendo que esa invitación, era algo más que un convite a saborear un chocolate.
_ ¿En donde quedan los niños cuando dejan de soñar? Cuando no les damos el tiempo que les pertenece, para sentirse individuos. ¿ Como lograrán ser Hombres auténticos, cuando los privamos de la libertad de indagar sus propios Universos, para ahogarlos en un mar de responsabilidades y preocupaciones, producto de nuestros miedos y frustraciones?
_Sin embargo, lo serán. De alguna manera, llegarán a serlo. Es la época que les toca vivir.
_Mi estimado Oizram, ningún niño elegiría por su propia voluntad, esta forma de vida. Ni siquiera un adulto lo haría. No es la forma que les toca, es aquella que les imponemos. Eso de decir, “es la época que les toca vivir”, es una frase hecha que se utiliza para deslindar responsabilidades. Como si las épocas se hicieran por si mismas. Permanentemente, escucho a las madres decir: “Mi hijo, tiene siete años y ya sabe sumar. Además, resta y conoce las tablas”. Otras se jactan porque el chico, habla correctamente. Les corrigen los dientes, los miden y pesan todos los meses, y cuanto más actividades realizan, más orgullosas se sienten de ellos. ¿Y sabes qué? Debajo de todas esas camperas, buzos y bufandas, veo ojos tristes, que presionados por las exigencias y las responsabilidades, piden a gritos un tiempo para jugar... Un árbol, un poco de arena o barro. Unas latas, un palo y un hilo. Piden, que los dejen ser niños. Que los dejen vivir en su propio mundo. Y después me vienen con dictadores despiadados y con la injusticia, producto de que los más fuertes someten a los más débiles.
_ ¿No te parece una apreciación algo extrema?
Me inquietó mucho su observación. Por más que concordara con lo que decía, nunca se me había ocurrido llevarlo a tal extremo.
_¿Extrema? -Dijo Abi sonriendo. _ ¿Que defensa tiene el niño ante el adulto? Imagina que todos los días a las seis treinta de la mañana te despierte una figura autoritaria, más fuerte y más poderosa que tú, frente a la cual no te puedes defender. Te haga lavar los dientes y peinarte, vestirte con ropas que te inmovilizan, para que pases luego, cuatro horas en un salón leyendo toda una serie de libros y aprendiendo formulas de todo tipo, sin comprender el sentido que esto pueda tener. Luego, te dan media hora para comer aquello que aparezca dentro de una vianda. En las siguientes tres horas, te hablan en otro idioma mediante el cual debes expresarte (teniendo en cuenta, que aún no dominas el primero). Un idioma que no comprendes para que te sirve y por si esto fuera poco, tengas ganas o no, debas luego, dar vueltas a la manzana trotando, o bien jugar algún deporte. Más tarde, vienen a buscarte y sin preguntar que quieres hacer, te llevan a realizar otra serie de actividades, dentro de un automóvil encerrado, hasta que llegas a tu casa. Una vez allí, debes ponerte a hacer aquello que te mandaron a estudiar para el otro día. Cenar rápidamente, porque nunca hay tiempo, y acostarte a dormir, para al día siguiente, comenzar todo de nuevo. ¿ Serías feliz en estas condiciones? ¿Soportarías durante ocho largos años una situación similar?
_Creo que por mucho menos que eso, se han iniciado verdaderas revoluciones en muchos piases. –Contesté, entendiendo a que se refería.
_Así es Oizram, el niño, es el gran oprimido es esta sociedad y él, será el hombre del mañana. Que comienzo para aquel de quien se espera, devuelva al mundo la capacidad de amar.
_Abi..¿Porqué me cuentas esto?
_Porque me ha llamado la atención que busques en ellos la alegría de vivir. Los hombres, creen que será del hombre que renacerá el amor. Pero cuando a ese hombre, se le ha reprimido la capacidad de soñar, no podrá hablar con la Luna y no será capaz de escuchar a las estrellas. Vivirá únicamente de aquello que pueda tocar, convirtiéndose en un eterno frustrado.
Se levantó de la mesa y fue a su dormitorio. Regresó con una caja muy vieja, algo más grande que una de zapatos y la coloco sobre la mesa.
_Hace años –dijo mirando esa extraña caja- llegó a mis manos este libro. Es la historia que hemos olvidado, el eslabón perdido en el corazón del Hombre. Pensé en dejárselo a Damián con la esperanza que el pudiera darle sentido al mismo. Me fue entregado con el propósito de divulgarlo, en un intento de convencer a los adultos para que dejen de someter a los pequeños. Para que comprendan, que no es el índice de natalidad lo que hace a la infancia, sino, el tiempo que se les concede para que puedan ser niños. Al parecer estos han ido desapareciendo a lo largo del tiempo. Cada vez, a más temprana edad, son sometidos a las exigencias y las responsabilidades propias de los adultos. La creencia generalizada se basa en sostener que, cuanto antes sean adultos, antes obtendrán el beneficio de tener cosas, alcanzar un mayor confort para sus vidas. Y lo que estamos logrando es exterminar a los niños. No por medio de brutales genocidios como nos tiene acostumbrados la miserable historia de la “Raza Humana”, con sus diferencias étnicas y racistas; lo hacemos sometiéndolos a la dimensión del adulto antes de tiempo, en una actitud, que te diría, pareciera inconsciente.
En todos estos años, no he sabido como difundir el libro, y el pobre, solo ha juntado polvo dentro del armario. Te lo obsequio, porque el conocer a un hombre que busca la alegría en los más pequeños, ha reavivado mi esperanza en Azor. Me ha hecho recobrar la ilusión que algún día nos demos cuenta, que jamás seremos Hombres sin antes ser realmente niños.
Salí de la casa de Abi muy confuso. Llevaba el paquete bajo el brazo que se iba haciendo más pesado a cada paso. Caminé hasta mi casa intentando recordar las palabras de aquella anciana, que no había hecho otra cosa que decir una gran verdad.
Me senté en el escritorio para abrir el paquete y una imagen que se enfrió en mi memoria, hizo temblar mis manos. Al entrar a la casa de Abi, no me di cuenta, no fui consciente de ello. Pero ahora la imagen estaba clara, no había dudas al respecto. En la mesa habías tres tazas y tres platos para el chocolate. Abi, de alguna manera, ya me esperaba.
Abrí con cuidado la caja y a primera vista, pude distinguir un libro de gruesas tapas, forradas con un cuero especial.
En el fondo de la caja, había un medallón que parecía ser de bronce, con unas iniciales grabadas en la cara frontal y un espejo en el reverso. Pensé que era extraño que a un medallón se le aplicara un espejo. Supuse que debió pertenecer a una dama muy coqueta, que preocupada por su apariencia, mandó a colocar el espejo en el medallón. Pensé en Abi, sin embargo, las iniciales grabadas no correspondían a su nombre. ¿Y si Abi, fuese un sobrenombre? Cabría esa posibilidad. ¿Pudo ser también un diminutivo?
Mi interés en el medallón se disipó de improviso, cuando al levantar el libro, un pergamino que estaba dentro del mismo cayó sobre la alfombra. Dudé en leerlo, pensé que era una carta personal de Abi que tal vez hubiese olvidado quitarla. Podía ser algo confidencial y no quería traicionar su confianza. Lo tomé para regresarlo a la caja... y un segundo más tarde, me disponía a leerlo. Ella había depositado en mí un sueño propio, no debía temer defraudarla de alguna manera. Su confianza me impulsó a leerlo.
El pergamino, estaba doblado en cuatro partes. Había sido escrito con letra manuscrita, y por la textura, seguramente habían utilizado una pluma de tinta.
En el, se leía:
“Desde el Pueblo de Acacerca, y en este día, se redacta el presente manuscrito con la única finalidad que sea leído, en la dimensión del adulto.
El mismo ha sido escrito por Oizram, el escriba del pueblo, bajo mi supervisión y con la intención que sea utilizado como prólogo del libro que lo acompaña, que es una recopilación de mis memorias, y por el cual, debemos pedir perdón a los escritores del Planeta. No ha sido nuestra intención incursionar dentro del complejo mundo de las letras. Más aún, el libro no intenta ser un cuento o una novela. No es un ensayo o una crónica histórica. Es simplemente lo acontecido en el Pueblo de Acacerca, y que pretendo, llegue a conocimiento de los adultos. Que no es otra cosa que lo que acontece todos los días en esa dimensión, a la cual pertenecimos en algún tiempo antes de ser desterrados al Mundo de Utopía, con la vil intención de hacer creer, que todo lo que ocurre en Acacerca es utópico o corresponde a hechos fantásticos que jamás ocurren en la dimensión adulta.
Por ello, es que no contiene fecha alguna. Porque para ti lector, lo que aquí leas, estará ocurriendo a tu alrededor. No creas, te pido, que por suceder en Utopía no ocurre también en tu tiempo. Por el contrario, en Acacerca podemos hablar de lo ocurrido en tiempo pasado, mientras que en tu dimensión, aún es un presente latente que no han sabido solucionar.
Con Azor, hemos decidido enviar este libro hasta el mundo real (la dimensión adulta), esperando sembrar en la tierra de algún alma blanca, la semilla que pueda hacer germinar nuevamente la alegría.
Esperamos que no sea demasiado tarde. Sabemos que en su mundo, los adultos dominan a los niños de tal forma que estos últimos, han reducido notablemente su expectativa de vida. Son sometidos hasta transformarlos en adultos prematuramente, robándoles la libertad de soñar. Esta desigualdad de derechos, esta imposición por la fuerza, ha generado un mundo en donde impera la violencia y la avaricia.
Muestras de ello, lo da el amor, que ha sido el último desterrado al mundo de Utopía.
Por todo lo antedicho, por los niños, para reivindicar sus derechos y para evitar su exterminio; esperamos que lo acontecido en Acacerca, sirva para generar nuevos caminos en la Tierra de los Hombres. Que se reconozca a los Niños como los Hombres del mañana y que no han de transitar el mismo camino que ha llevado a la deshumanización del Hombre Que comprendan, de una buena vez, “ que el Planeta, no le pertenece al adulto. Que ha sido un préstamo que le ha hecho el niño. Y que el adulto, deberá devolverlo en las mismas condiciones en que se encontraba, cuando le fue prestado”.
Azitúz
Alcalde del Pueblo de Acacerca
El pergamino llamó mi atención. Con el nombre que llevo puesto, siempre me fue imposible encontrar un tocayo. ¿Y venir a encontrarlo en Acacerca?
¿Cómo podía escribirse algo desde otra dimensión y dirigido a la dimensión de los adultos? ¿Será que el niño, cuando se hace adulto, es desterrado a Utopía? ¿Quiénes serán Aztitúz, el Alcalde del Pueblo de Acacerca, y el tal Azor, del que ya habló Damián?
En un instante recordé todo lo dicho por Abi. Nunca había pensado en los niños en situación de sometidos. La sensación de dolor se hizo más aguda cuando me di cuenta, que se refería a pequeños cuyo nivel de vida es considerado bueno, por la sociedad en que vivimos. Comenzaron a aparecer imágenes en mi memoria, de los niños mineros de Bolivia, los vientres hinchados de Biafra; los chicos que hacen piruetas al costado de los semáforos por unas monedas... Cada vez más, tomaban sentido las palabras de Abi.
Lo cierto era, que el Hombre se había preocupado mucho por legislar al Hombre ciudadano, olvidando, que para llegar a ser Hombre, antes debió ser niño. Éste, es educado para ser un adulto civilizado. Al adulto sin embargo, no se lo educa para ser un anciano desechado; el último eslabón en la cadena productiva.
Una nueva pregunta quedó grabada en mi memoria: ¿Qué hacemos por ellos, aparte de someterlos a la “máquina ensambladora de ciudadanos”?
El frío de la noche comenzó a colarse entre las paredes de la habitación y decidí levantarme a encender la estufa. Al hacerlo, me di cuenta que el cuarto en donde estaba había cambiado. Ya no era la misma habitación que ocupé antes de leer el pergamino. Si bien seguía todo en el mismo lugar y no faltaba nada, ni los objetos que tenía dentro, ni las formas o los colores estaban tan claras como antes. Algo había transformado mi percepción de las cosas y seguramente ese algo, era la pregunta que quedó sin respuesta en mi mente, vagando entre las tantas dudas de mi existencia.
Tomé el libro entre mis manos y utilizando el índice y el pulgar de mi diestra, di vuelta la tapa rígida de cuero que lo encuadernaba. Descubrí la primera página. El título que la encabezaba era: El Mundo De Azor.
El libro, comenzaba de la siguiente manera: ...
Abi y el Pergamino.-
Recuerdo siempre cuando éramos niños y solíamos juntarnos para soñar con lo que llegaríamos a ser de grandes. Había astronautas, pilotos de avión, enfermeras, y una gran cantidad de bomberos. Como si tan solo con imaginarlo, los deseos se hicieran realidad.
Cuando comencé a asistir a la escuela, se esmeraron en mostrarme que para ser lo que yo quisiera ser, debería aprender un montón de cosas y pasar largas horas asimilando cuantiosa información. Los sueños se fueron desvaneciendo olvidados bajo el peso de los horarios repletos de actividades. En las escasas ruedas de sueños, comenzaron a desaparecer los bomberos y se multiplicaron los abogados, contadores y políticos. Comenzábamos a preocuparnos por el beneficio económico que nos aportaría nuestra actividad profesional.
Hoy, intento recordar el niño que alguna vez fui. Aquel que se borró de mi memoria. El eterno olvidado bajo los escombros de un alud de información y conocimientos, que sepultaron el pensamiento individual. Esa capacidad de poder vivir los sueños, la alegría de correr desnudo, el gozo de amar sin prejuicios, sin inhibiciones, con la única finalidad de vivir cada segundo.
Comencé así a contemplar a los niños de una escuela que se encuentra cerca de mi casa, durante la media hora en la que disfrutaban jugando en el patio del recreo, por que ellos cuando juegan viven sus sueños; y a través de éstos se empapan de alegría. Comparten sus emociones en un mundo donde el tiempo aún no tiene precio.
Recordé cuando creía vivir en una sociedad tolerante, y hasta tal vez, justa. No justa en referencia a un equitativo reparto de haberes, ya que en esa época, únicamente se hacía referencia al sentido del ser; el tener fue inculcado luego, con la inserción en la vida ciudadana. Me refería a justa, en cuanto a recibir todo aquello que como niño daba.., es decir, alegría. Pero aún era inocente, confiaba y amaba a mis mayores y deseaba ser como eran ellos. Los que a su vez también fueron alguna vez niños que amaron y confiaron en sus mayores y quisieron ser como fueron estos otros…pero tan prematuramente, que olvidaron como sentían cuando fueron pequeños. Por ello no pudieron entenderme cuando fui niño, ya que esa información, se nos borra en alguna parte de nuestra programación adulta.
Miraba a esos chicos como si fueran pequeñas estrellas fugaces que desaparecerían en un instante de la faz de la Tierra. Y es que si alguna vez fuimos niños, y seguro que lo fuimos... ¿Dónde quedó eso que fuimos? ¿Por qué sostenemos que ser adulto, implica negar la inocencia o la ternura que podemos llevar dentro? ¿Qué tanto podemos menospreciar al niño, que cada vez más, queremos que sea un adulto antes de tiempo?
En una de esas tardes, cuando el Otoño ya se había instalado para colorear las aceras de ocres, carmines y amarillos, y las lloviznas se hacían acompañantes cotidianas de las mañanas, se acercó a mi Damián, un pequeño de ocho años, sumamente inquieto, que raras veces pude verlo sentado o inmóvil durante esos recreos. Me miró fijo por un momento, y antes que pudiera saludarlo, me preguntó:
_ ¿Tu eres Azor?
_¿Por qué lo preguntas? -Le dije un tanto asombrado.
_Es que siempre te veo sentado en la plaza mirándonos.
_Eso se debe, a que disfruto viéndolos jugar.
_¡Ahhh..! –Exclamó colocando sus dos manos sobre la cabeza.- Pensé que venías a enseñarnos cómo teníamos que hacer, para no olvidar el Pueblo de Acacerca. Mi abuela dice, que cuando crecemos, olvidamos el mundo de Azor. Así que estamos esperando al amigo que crezca, y al hacerlo, no olvide como fue ser niño. Pensé que eras tú y que venías a eso.
Se dio una media vuelta, y regresó a jugar con sus compañeros de clases.
Quedé sorprendido con las palabras de ese chico. No era otra cosa que aquello que había estado pensando en todos los días que pase allí sentado, mirándolos en el patio del recreo. Llegué a dudar de mí mismo. A suponer, que alguna vez hubiese hablado con Damián diciéndole lo que pensaba. Pero no. Estaba seguro de no haber hablado jamás con él. Además, Acacerca y Azor, eran nombres sobre los cuales nunca había escuchado hablar. No sabía ni que existían.
Quedé algo desconcertado y con ganas de preguntarle algo más sobre lo que me había dicho. Así que busqué la manera de hablar con el.
El sábado siguiente se festejaba en la escuela el día del Abuelo. Todos los niños asistieron acompañados por sus abuelos, para rendirles un homenaje mediante un acto que se realizaba en el gimnasio. Se estrenaron obras de teatro, se cantaron canciones y por último, convidaron a los abuelos con empanadas y refrescos.
Fue entonces, que conocí a Abi.
_¡Mira Abi. Ese es el hombre del que te hablé! – Le dijo Damián a su abuela, señalándome con el dedo índice de su mano cuando salían de la fiesta.
Con su cabello blanco bien acomodado y un bastón en su mano izquierda, no se veía muy diferente a todas las demás abuelas. Caminó hacia mi de la mano de Damián y al acercarse, un resplandor tibio marcó una diferencia con el resto. Rodeados por una suave piel blanca repujada por sabias arrugas que acusaban su longevidad, descansaban dos inmensos ojos celestes que poseían la profundidad del cielo. Mirarlos, era zambullirse en un Universo pleno de historias y cuentos sin fin, que invitaban a no regresar jamás. En ellos había algo más que una mirada, se sentía el calor del amor puro que emana únicamente desde la sabiduría.
_Buenas tardes. –Dijo estirando su mano. _ Me llamo Abi y soy la abuela de Damián.
_Encantado señora, mi nombre es Oizram . –Y la saludé estrechando su mano.
_Damián me ha dicho que usted pasa mucho tiempo observando a los niños cuando juegan en el patio del recreo.
_Si, es cierto. – Contesté algo intimidado por su presencia.
_ Es extraño que un hombre pase gran parte de su tiempo mirando a los niños mientras juegan.
_ Bueno.., es distinto. La mayoría de los hombres pasan largas horas mirando a otros hombres jugar. Esos juegos de adultos, poseen un estímulo de competencia con un único motivador, el dinero. Prefiero ver jugar a los niños ya que estos hacen de cada juego, la realización de un sueño.
_¿Y cual es la diferencia? -Preguntó Abi, mientas bajaba un escalón del patio de salida.
_ Es que al soñar, los niños se hacen verdaderos individuos. Se sienten auténticos y transitan por el mundo de la alegría. Viven sus aventuras, sus fantasías; alimentan su espíritu y refuerzan su necesidad de trascendencia. Los juegos de los adultos son únicamente competitivos, juegan solo para ganar; y en el equilibrio del Universo de sus juegos, siempre queda un cincuenta por ciento que vive de la frustración de no haber obtenido el premio final, ya que el juego en sí, no existe. Cuando veo a los chicos jugar me contagian su felicidad y me muestran la simpleza de la vida. Aquello que lamentablemente olvidamos debajo del asiento del tren del tiempo.
Abi me envolvió con su mirada, y sentí un abrazo fraterno que cubrió mi alma.
_¿Y usted, a que se dedica? –Me preguntó.
_Soy escritor. O al menos, intento serlo.
Miró a Damián y sonrió. Luego tomó mi mano, y señalando hacia la esquina, dijo:
_ Tenemos en casa esperándonos, un rico chocolate casero. Si gusta, puede ser nuestro invitado. Vivo aquí cerca, a dos cuadras. Por esta misma acera. ¿Qué opina? -Formuló la pregunta iniciando el camino hacia su casa.
_Sería un placer acompañarlos. –Contesté sin titubear.
Le ofrecí mi brazo para que se apoyara y los tres caminamos hacia la casa de Abi...
Era una casa pequeña, con techo de tejas a dos aguas, rodeada por un hermoso jardín muy bien cuidado y un sauce inmenso, que descansaba cerca de la puerta de entrada, llenando de sombra el alero del pórtico. Un aroma a madreselvas y jazmín de enredadera, envolvieron mi olfato mientras que Abi giraba la llave en la cerradura de la puerta. Detrás de ésta, un solo ambiente hacía de estar y cocina, separado por una gran mesada de granito rojo. Sobre una de las hornillas de la cocina, una olla de cobre muy lustrada, guardaba un chocolate casero que aún tibio, nos esperaba. La mesa estaba preparada con una canastilla de mimbre repleta de galletas caseras de canela y nueces. En el centro, un arreglo de flores cortadas del propio jardín, coronaban la escena. El aroma que esta conjunción producía, se transformaba en una poción mágica. Esa mezcla de jazmines, madreselvas, chocolate y canela; daba la sensación de estar en un cuento encantado, de aquellos que nos contaba la abuela, las tardes de lluvia frente a la estufa encendida.
_Siéntate Oizram, por favor, no hagas cumplido. Mientras tanto, voy calentando el chocolate. –Dijo Abi.
Tomé un lugar a la mesa, a la vez que Damián comenzaba a comer las galletas. La tentación me inducía a acompañar a Damián, pero mi educación, hizo que esperara a que Abi se sentara con nosotros.
Trajo la olla, la que apoyó sobre un grueso madero antiguo y comenzó a servir el chocolate utilizando un cucharón de mango de madera y cuchara de cobre.
Damián bebió su taza de un solo sorbo, se llenó los bolsillos de galletas y desapareció por la puerta del fondo.
_¿Pensé que los adultos ya se habían olvidado de los niños? –Dijo Abi, mientras servía mi taza de chocolate.
_¿Porque dice eso?
_Por lo que tu has dicho antes. Que habías olvidado lo sencilla que era la vida.
_Pero no es que hayamos olvidado a los niños. Es que olvidamos como sentíamos, cuando éramos niños.
_Y es por eso, que los olvidamos a ellos.
_No la comprendo Abi.
_Es sencillo. En las mañanas, cuando paso por la escuela a ver a Damián, me dedico a observar como llegan los niños al colegio. Mi hija por ejemplo, llega con la camioneta y baja a Damián con su mochila, su campera, el bolso con el equipo de gimnasia y la heladerita con la vianda del almuerzo. Parecen verdaderas mudanzas. Desde las ocho de la mañana hasta las doce y treinta, asisten a clases. De doce y treinta, a trece y treinta horas, tienen media hora para almorzar e inmediatamente tienen un recreo. De trece y treinta a dieciséis, asisten a clases de ingles y luego, deportes varios.
_¡Y está bien!. –La interrumpí mientras tomaba una galleta. _ En realidad, tienen todo el día ocupado con distintas actividades. Deben dar gracias de tener la oportunidad de poder asistir a un colegio que les brinda tantas opciones. Estudian, aprenden otros idiomas y hacen deportes.
_Sí. – Dijo Abi revolviendo su taza. _ Y a las cuatro de la tarde los llevan al club, o al psicólogo, dentista, pediatra, computación, piano, guitarra y sabe Dios cuantas cosas más.
_Abi.. ¿Adonde quiere llegar? Le pregunté, intuyendo que esa invitación, era algo más que un convite a saborear un chocolate.
_ ¿En donde quedan los niños cuando dejan de soñar? Cuando no les damos el tiempo que les pertenece, para sentirse individuos. ¿ Como lograrán ser Hombres auténticos, cuando los privamos de la libertad de indagar sus propios Universos, para ahogarlos en un mar de responsabilidades y preocupaciones, producto de nuestros miedos y frustraciones?
_Sin embargo, lo serán. De alguna manera, llegarán a serlo. Es la época que les toca vivir.
_Mi estimado Oizram, ningún niño elegiría por su propia voluntad, esta forma de vida. Ni siquiera un adulto lo haría. No es la forma que les toca, es aquella que les imponemos. Eso de decir, “es la época que les toca vivir”, es una frase hecha que se utiliza para deslindar responsabilidades. Como si las épocas se hicieran por si mismas. Permanentemente, escucho a las madres decir: “Mi hijo, tiene siete años y ya sabe sumar. Además, resta y conoce las tablas”. Otras se jactan porque el chico, habla correctamente. Les corrigen los dientes, los miden y pesan todos los meses, y cuanto más actividades realizan, más orgullosas se sienten de ellos. ¿Y sabes qué? Debajo de todas esas camperas, buzos y bufandas, veo ojos tristes, que presionados por las exigencias y las responsabilidades, piden a gritos un tiempo para jugar... Un árbol, un poco de arena o barro. Unas latas, un palo y un hilo. Piden, que los dejen ser niños. Que los dejen vivir en su propio mundo. Y después me vienen con dictadores despiadados y con la injusticia, producto de que los más fuertes someten a los más débiles.
_ ¿No te parece una apreciación algo extrema?
Me inquietó mucho su observación. Por más que concordara con lo que decía, nunca se me había ocurrido llevarlo a tal extremo.
_¿Extrema? -Dijo Abi sonriendo. _ ¿Que defensa tiene el niño ante el adulto? Imagina que todos los días a las seis treinta de la mañana te despierte una figura autoritaria, más fuerte y más poderosa que tú, frente a la cual no te puedes defender. Te haga lavar los dientes y peinarte, vestirte con ropas que te inmovilizan, para que pases luego, cuatro horas en un salón leyendo toda una serie de libros y aprendiendo formulas de todo tipo, sin comprender el sentido que esto pueda tener. Luego, te dan media hora para comer aquello que aparezca dentro de una vianda. En las siguientes tres horas, te hablan en otro idioma mediante el cual debes expresarte (teniendo en cuenta, que aún no dominas el primero). Un idioma que no comprendes para que te sirve y por si esto fuera poco, tengas ganas o no, debas luego, dar vueltas a la manzana trotando, o bien jugar algún deporte. Más tarde, vienen a buscarte y sin preguntar que quieres hacer, te llevan a realizar otra serie de actividades, dentro de un automóvil encerrado, hasta que llegas a tu casa. Una vez allí, debes ponerte a hacer aquello que te mandaron a estudiar para el otro día. Cenar rápidamente, porque nunca hay tiempo, y acostarte a dormir, para al día siguiente, comenzar todo de nuevo. ¿ Serías feliz en estas condiciones? ¿Soportarías durante ocho largos años una situación similar?
_Creo que por mucho menos que eso, se han iniciado verdaderas revoluciones en muchos piases. –Contesté, entendiendo a que se refería.
_Así es Oizram, el niño, es el gran oprimido es esta sociedad y él, será el hombre del mañana. Que comienzo para aquel de quien se espera, devuelva al mundo la capacidad de amar.
_Abi..¿Porqué me cuentas esto?
_Porque me ha llamado la atención que busques en ellos la alegría de vivir. Los hombres, creen que será del hombre que renacerá el amor. Pero cuando a ese hombre, se le ha reprimido la capacidad de soñar, no podrá hablar con la Luna y no será capaz de escuchar a las estrellas. Vivirá únicamente de aquello que pueda tocar, convirtiéndose en un eterno frustrado.
Se levantó de la mesa y fue a su dormitorio. Regresó con una caja muy vieja, algo más grande que una de zapatos y la coloco sobre la mesa.
_Hace años –dijo mirando esa extraña caja- llegó a mis manos este libro. Es la historia que hemos olvidado, el eslabón perdido en el corazón del Hombre. Pensé en dejárselo a Damián con la esperanza que el pudiera darle sentido al mismo. Me fue entregado con el propósito de divulgarlo, en un intento de convencer a los adultos para que dejen de someter a los pequeños. Para que comprendan, que no es el índice de natalidad lo que hace a la infancia, sino, el tiempo que se les concede para que puedan ser niños. Al parecer estos han ido desapareciendo a lo largo del tiempo. Cada vez, a más temprana edad, son sometidos a las exigencias y las responsabilidades propias de los adultos. La creencia generalizada se basa en sostener que, cuanto antes sean adultos, antes obtendrán el beneficio de tener cosas, alcanzar un mayor confort para sus vidas. Y lo que estamos logrando es exterminar a los niños. No por medio de brutales genocidios como nos tiene acostumbrados la miserable historia de la “Raza Humana”, con sus diferencias étnicas y racistas; lo hacemos sometiéndolos a la dimensión del adulto antes de tiempo, en una actitud, que te diría, pareciera inconsciente.
En todos estos años, no he sabido como difundir el libro, y el pobre, solo ha juntado polvo dentro del armario. Te lo obsequio, porque el conocer a un hombre que busca la alegría en los más pequeños, ha reavivado mi esperanza en Azor. Me ha hecho recobrar la ilusión que algún día nos demos cuenta, que jamás seremos Hombres sin antes ser realmente niños.
Salí de la casa de Abi muy confuso. Llevaba el paquete bajo el brazo que se iba haciendo más pesado a cada paso. Caminé hasta mi casa intentando recordar las palabras de aquella anciana, que no había hecho otra cosa que decir una gran verdad.
Me senté en el escritorio para abrir el paquete y una imagen que se enfrió en mi memoria, hizo temblar mis manos. Al entrar a la casa de Abi, no me di cuenta, no fui consciente de ello. Pero ahora la imagen estaba clara, no había dudas al respecto. En la mesa habías tres tazas y tres platos para el chocolate. Abi, de alguna manera, ya me esperaba.
Abrí con cuidado la caja y a primera vista, pude distinguir un libro de gruesas tapas, forradas con un cuero especial.
En el fondo de la caja, había un medallón que parecía ser de bronce, con unas iniciales grabadas en la cara frontal y un espejo en el reverso. Pensé que era extraño que a un medallón se le aplicara un espejo. Supuse que debió pertenecer a una dama muy coqueta, que preocupada por su apariencia, mandó a colocar el espejo en el medallón. Pensé en Abi, sin embargo, las iniciales grabadas no correspondían a su nombre. ¿Y si Abi, fuese un sobrenombre? Cabría esa posibilidad. ¿Pudo ser también un diminutivo?
Mi interés en el medallón se disipó de improviso, cuando al levantar el libro, un pergamino que estaba dentro del mismo cayó sobre la alfombra. Dudé en leerlo, pensé que era una carta personal de Abi que tal vez hubiese olvidado quitarla. Podía ser algo confidencial y no quería traicionar su confianza. Lo tomé para regresarlo a la caja... y un segundo más tarde, me disponía a leerlo. Ella había depositado en mí un sueño propio, no debía temer defraudarla de alguna manera. Su confianza me impulsó a leerlo.
El pergamino, estaba doblado en cuatro partes. Había sido escrito con letra manuscrita, y por la textura, seguramente habían utilizado una pluma de tinta.
En el, se leía:
“Desde el Pueblo de Acacerca, y en este día, se redacta el presente manuscrito con la única finalidad que sea leído, en la dimensión del adulto.
El mismo ha sido escrito por Oizram, el escriba del pueblo, bajo mi supervisión y con la intención que sea utilizado como prólogo del libro que lo acompaña, que es una recopilación de mis memorias, y por el cual, debemos pedir perdón a los escritores del Planeta. No ha sido nuestra intención incursionar dentro del complejo mundo de las letras. Más aún, el libro no intenta ser un cuento o una novela. No es un ensayo o una crónica histórica. Es simplemente lo acontecido en el Pueblo de Acacerca, y que pretendo, llegue a conocimiento de los adultos. Que no es otra cosa que lo que acontece todos los días en esa dimensión, a la cual pertenecimos en algún tiempo antes de ser desterrados al Mundo de Utopía, con la vil intención de hacer creer, que todo lo que ocurre en Acacerca es utópico o corresponde a hechos fantásticos que jamás ocurren en la dimensión adulta.
Por ello, es que no contiene fecha alguna. Porque para ti lector, lo que aquí leas, estará ocurriendo a tu alrededor. No creas, te pido, que por suceder en Utopía no ocurre también en tu tiempo. Por el contrario, en Acacerca podemos hablar de lo ocurrido en tiempo pasado, mientras que en tu dimensión, aún es un presente latente que no han sabido solucionar.
Con Azor, hemos decidido enviar este libro hasta el mundo real (la dimensión adulta), esperando sembrar en la tierra de algún alma blanca, la semilla que pueda hacer germinar nuevamente la alegría.
Esperamos que no sea demasiado tarde. Sabemos que en su mundo, los adultos dominan a los niños de tal forma que estos últimos, han reducido notablemente su expectativa de vida. Son sometidos hasta transformarlos en adultos prematuramente, robándoles la libertad de soñar. Esta desigualdad de derechos, esta imposición por la fuerza, ha generado un mundo en donde impera la violencia y la avaricia.
Muestras de ello, lo da el amor, que ha sido el último desterrado al mundo de Utopía.
Por todo lo antedicho, por los niños, para reivindicar sus derechos y para evitar su exterminio; esperamos que lo acontecido en Acacerca, sirva para generar nuevos caminos en la Tierra de los Hombres. Que se reconozca a los Niños como los Hombres del mañana y que no han de transitar el mismo camino que ha llevado a la deshumanización del Hombre Que comprendan, de una buena vez, “ que el Planeta, no le pertenece al adulto. Que ha sido un préstamo que le ha hecho el niño. Y que el adulto, deberá devolverlo en las mismas condiciones en que se encontraba, cuando le fue prestado”.
Azitúz
Alcalde del Pueblo de Acacerca
El pergamino llamó mi atención. Con el nombre que llevo puesto, siempre me fue imposible encontrar un tocayo. ¿Y venir a encontrarlo en Acacerca?
¿Cómo podía escribirse algo desde otra dimensión y dirigido a la dimensión de los adultos? ¿Será que el niño, cuando se hace adulto, es desterrado a Utopía? ¿Quiénes serán Aztitúz, el Alcalde del Pueblo de Acacerca, y el tal Azor, del que ya habló Damián?
En un instante recordé todo lo dicho por Abi. Nunca había pensado en los niños en situación de sometidos. La sensación de dolor se hizo más aguda cuando me di cuenta, que se refería a pequeños cuyo nivel de vida es considerado bueno, por la sociedad en que vivimos. Comenzaron a aparecer imágenes en mi memoria, de los niños mineros de Bolivia, los vientres hinchados de Biafra; los chicos que hacen piruetas al costado de los semáforos por unas monedas... Cada vez más, tomaban sentido las palabras de Abi.
Lo cierto era, que el Hombre se había preocupado mucho por legislar al Hombre ciudadano, olvidando, que para llegar a ser Hombre, antes debió ser niño. Éste, es educado para ser un adulto civilizado. Al adulto sin embargo, no se lo educa para ser un anciano desechado; el último eslabón en la cadena productiva.
Una nueva pregunta quedó grabada en mi memoria: ¿Qué hacemos por ellos, aparte de someterlos a la “máquina ensambladora de ciudadanos”?
El frío de la noche comenzó a colarse entre las paredes de la habitación y decidí levantarme a encender la estufa. Al hacerlo, me di cuenta que el cuarto en donde estaba había cambiado. Ya no era la misma habitación que ocupé antes de leer el pergamino. Si bien seguía todo en el mismo lugar y no faltaba nada, ni los objetos que tenía dentro, ni las formas o los colores estaban tan claras como antes. Algo había transformado mi percepción de las cosas y seguramente ese algo, era la pregunta que quedó sin respuesta en mi mente, vagando entre las tantas dudas de mi existencia.
Tomé el libro entre mis manos y utilizando el índice y el pulgar de mi diestra, di vuelta la tapa rígida de cuero que lo encuadernaba. Descubrí la primera página. El título que la encabezaba era: El Mundo De Azor.
El libro, comenzaba de la siguiente manera: ...
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